En la colonia Trump de Gaza, los palestinos son aplastados y los israelíes no tienen suficiente
La "fase dos" pretende suplantar el orden internacional y hacer aún más ricos a los trumpistas
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En la colonia Trump de Gaza, los palestinos son aplastados y los israelíes no tienen suficiente
La “fase dos” pretende suplantar el orden internacional y hacer aún más ricos a los trumpistas
Por Témoris Grecko
La política de Donald Trump es la del descaro y en Gaza lo muestra: sin disimulos, impone un sistema colonial personalizado en él mismo como individuo, ni siquiera como presidente de la potencia imperial, barriendo con el derecho internacional y por supuesto, con la voluntad del pueblo al que dice que va a salvar.
“¡Y con nosotros!”, claman los israelíes que se quejan como si la soberanía aplastada fuera la suya.
En un año, el paisaje geopolítico de Asia Occidental ha sufrido una transformación tectónica, no impulsada por acuerdos de paz negociados bilateralmente, sino por la imposición unilateral de una arquitectura administrativa al estilo de un protectorado colonial. El inicio de la “fase dos” del llamado Plan Integral para el Fin del Conflicto en Gaza fue proclamado el 16 de enero sin siquiera plantear cómo es que dieron por concluida la primera etapa o qué avances tiene, presentó con fanfarrias y autocongratulaciones por el triunfo definitivo de la diplomacia transaccional del presidente Donald Trump: justo a tiempo para adornar el primer aniversario de su retorno al poder.
Sin embargo, sobre el terreno arrasado de la Franja de Gaza, en los pasillos del parlamento israelí y en las capitales árabes vecinas, el ánimo es sombrío y lejano a la narrativa de la imaginaria pax trumpiana.
Salvo Trump, sus allegados y los políticos más serviles, nadie habla de que su plan efectivamente conduzca a la resolución del conflicto. No entre palestinos, por supuesto, pero tampoco entre israelíes ni en ningún otro lado. Se asiste y participa en el montaje de una obra trágica que tendrá pésimos resultados, pero nadie se atreve a contradecir al emperador, que en pleno siglo XXI regresa al XIX para imponer una administración neocolonial. Lo que Trump denomina “paz” se manifiesta como un sistema de subyugación administrativa y demolición física. La Franja de Gaza, devastada por más de dos años de genocidio, no se encuentra en un proceso de reconstrucción soberana, sino que está siendo remodelada —literal y figurativamente— para encajar en una visión inmobiliaria y de seguridad que privilegia los intereses estadounidenses e israelíes sobre la supervivencia básica de la población palestina.
La transición de la “fase uno” a la “fase dos” no marca el fin del sufrimiento, sino la institucionalización del mismo. La primera parte, vendida al mundo como un alto el fuego humanitario, ha sido desenmascarada por observadores sobre el terreno como un engaño sangriento, el periodo del genocidio lento en el que la violencia cinética fue simplemente complementada por la violencia burocrática del hambre y la suspensión de la ayuda. La segunda etapa, inaugurada con la creación de la “Junta de Paz” (Board of Peace), introduce una estructura de gobernanza supranacional presidida por Trump que desafía la primacía de las Naciones Unidas y mercantiliza la soberanía internacional mediante cuotas de membresía de mil millones de dólares.
Paradójicamente, este diseño imperial no ha logrado satisfacer ni siquiera a quienes esperaban ser sus primeros beneficiarios en Tel Aviv. Mientras los palestinos denuncian un intento de borrado nacional y una limpieza étnica bajo la apariencia de desarrollo y modernización, la extrema derecha israelí ve en la internacionalización del conflicto y la participación de potencias regionales rivales una traición a sus aspiraciones de soberanía total y de recolonización de Gaza.
La fase uno: un engaño sangriento para disfrazar la continuidad del genocidio
No pueden proclamar el fin del genocidio porque no aceptan que se trata de un genocidio. No lo nombran: no es exterminio, arrasamiento, ni siquiera masacres. Quién sabe qué estuvo haciendo Israel de octubre de 2023 a octubre de 2025 en Gaza, que exterminó a más del 10% de la población y acabó con la mayor parte de sus infraestructuras, pero lo que sea, ya terminó y ahora todo va bien, por lo que el mundo puede despreocuparse y mirar a otro lado.
Según la Casa Blanca y el Departamento de Estado, la transición a la fase dos es un “paso vital hacia adelante” tras el éxito de la estabilización inicial. Sin embargo, un análisis forense de los hechos sobre el terreno entre finales de 2025 y enero de 2026 revela una realidad diametralmente opuesta. La fase uno no fue un preludio a la paz ni una pausa humanitaria sino una extensión algo suavizada de la ofensiva bélica, caracterizada por el uso del tiempo diplomático para profundizar la catástrofe humanitaria y consolidar el control militar.
Es evidente el desmantelamiento sistemático de la red de seguridad humanitaria que sostenía a la población de Gaza. Lejos de facilitar el flujo de ayuda prometido en los acuerdos de alto el fuego, las autoridades israelíes, bajo la cobertura del plan Trump, implementaron medidas administrativas punitivas que culminaron en una crisis sin precedentes. A partir del 1 de enero, Israel ejecutó la suspensión de 37 organizaciones humanitarias internacionales clave. Esta lista no incluía actores marginales, sino a los pilares de la respuesta humanitaria global, incluyendo entidades de renombre como Médicos Sin Fronteras (MSF), Mercy Corps, World Vision, Oxfam y el Consejo Danés para los Refugiados, como informamos en Mundo Abierto.
La expulsión de facto de estas organizaciones creó un vacío con consecuencias que The New Humanitarian describe como “inmediatas, predecibles y mortales”.
Desaparición de la Red de Seguridad: Estas organizaciones constituían la última línea de defensa contra el colapso social total. Proporcionaban alimentos a la gran mayoría de la población desplazada y atención médica primaria a quienes no podían acceder a los hospitales destruidos.
Colapso Sanitario: Los hospitales, ya bombardeados y sin recursos, perdieron el apoyo crítico de personal médico extranjero y suministros especializados que MSF y otras agencias proporcionaban. Actualmente, operan en condiciones de “emergencia permanente”, realizando cirugías sin anestesia y careciendo de antibióticos básicos.
Impacto Económico Devastador: Dado que la economía local fue erradicada por años de bombardeos y bloqueo, el sector humanitario era una de las últimas fuentes de empleo remunerado. La suspensión empuja a miles de trabajadores locales —conductores, logistas, psicólogos, ingenieros de saneamiento— al desempleo y la pobreza extrema, eliminando el escaso poder adquisitivo que quedaba en la Franja.
Aunque los reportes de las masacres han pasado a un segundo plano o desaparecido de los medios hegemónicos, quienes ponen atención saben que continúan a pesar del “alto el fuego”. En virtud de la resolución del Consejo de Seguridad introducida por Trump, se legitimó la ocupación del 53% del pequeño territorio por el ejército israelí, detrás de una nueva demarcación arbitraria conocida como la “Línea Amarilla”.
Esta línea, que significa la muerte para las personas que se atreven a cruzarla aunque es invisible, fragmenta el territorio en zonas de exclusión, restringiendo el acceso a tierras agrícolas, pozos de agua e infraestructuras críticas.
Los informes de situación de los organismos de Naciones Unidas confirman que el genocidio solo cambió de ritmo. Durante la supuesta calma de la fase uno Israel continuó bombardeando el enclave y asesinando civiles a voluntad, utilizando drones y artillería contra áreas densamente pobladas bajo el pretexto de atacar a supuestos miembros de la resistencia. No respetó ni siquiera instalaciones de la ONU ni refugios de desplazados, pese a la inviolabilidad de los locales humanitarios.
A la violencia continuada, se suman las pésimas condiciones climáticas, con tormentas torrenciales que provocan inundaciones masivas de agua helada en los precarios campamentos de tiendas de campaña donde reside la mayor parte de la población sobreviviente. La falta de refugios adecuados es un resultado directo del bloqueo israelí sobre materiales de construcción y la negativa a permitir la entrada de equipos de invierno, bajo la excusa de que tienen “doble uso” civil y militar.
Al menos seis niños murieron debido a la hipotermia y la exposición al frío extremo en las últimas semanas, mientras que se producen epidemias de cólera y otras enfermedades debido a que las aguas residuales se mezclan con el agua de lluvia, inundando las tiendas.
La fase dos: cómo construir una administración colonial
Esta fase institucionaliza una estructura de gobernanza jerárquica, opaca y neocolonial que subordina el futuro de Gaza a intereses extranjeros y corporativos. La estructura diseñada por la administración Trump se compone de tres niveles de autoridad vertical, cada uno más alejado de la voluntad popular palestina que el anterior, consolidando un modelo de tutela internacional sin fecha de caducidad.
En la cúspide imperial: la “Junta de Paz”
La preside, naturalmente, Donald Trump. No “el presidente de Estados Unidos”: el estatuto (charter) que presentó Trump lo designa a él con su nombre, en calidad de nada más que de sí mismo, Trump se autodesigna presidente vitalicio del órgano de gobierno de Gaza. Son consecuencias de la resolución aprobada por el Consejo de Seguridad con la abstención de Rusia y de China, que podían haberla bloqueado votando no.
La llamada “Junta de Paz” genera alarma por su ambición de suplantar las funciones del propio Consejo de Seguridad y establecer un nuevo orden diplomático privatizado.
El estatuto de la Junta de Paz tiene la sorprendente característica de que en ningún lado menciona a Gaza, le impone una forma de gobierno pero no se acuerda de nombrarla. Le otorga aTrump un poder absoluto, con veto sobre una hipotética votación de sus integrantes que no le guste, y, de manera inusitada para un organismo internacional, la capacidad personal de nombrar a su sucesor. Esto sugiere una estructura más cercana a una dinastía corporativa o una monarquía que a una institución democrática internacional.
Además, en un giro que mercantiliza explícitamente la diplomacia global, la Junta ofrece membresía por tres años a los países que Trump decida invitar, que se puede hacer permanente si contribuyen con al menos mil millones de dólares en el primer año. Esto transforma la gobernanza de la crisis en un club exclusivo para naciones ricas, marginando a los actores más pequeños o con menos recursos y vinculando la influencia política directamente a la capacidad financiera.
Aunque la administración Trump afirma que la Junta está autorizada por la Resolución 2803 del Consejo de Seguridad de la ONU, el estatuto operativo de la Junta no menciona la Carta de las Naciones Unidas ni se subordina a ella. Expertos legales como los del International Crisis Group advierten que busca expandir su mandato más allá de Gaza, presentándose como una “organización internacional más ágil y efectiva” para resolver conflictos globales, lo que representa un intento directo de vaciar de contenido y relevancia al sistema multilateral de posguerra.
Junta Ejecutiva Fundadora: los amigos de Donald
Bajo la Junta de Paz, Trump crea algo que llama Junta Ejecutiva Fundadora, que llenó con sus allegados. Ni un palestino, por supuesto. Entre ellos, destacan tres:
El secretario de Estado Marco Rubio, el yerno de Trump Jared Kushner y su enviado especial, el magnate inmobiliario Steve Witkoff.
Aunque ya decidieron implementarlo, el plan Trump todavía revela improvisación y no hay claridad en las tareas que cumplirán las distintas juntas, aunque las oportunidades económicas probablemente estarán en la órbita de la siguiente.
Junta Ejecutiva de Gaza: los interesados en los negocios
Será un cuerpo de 11 miembros encargado de la supervisión directa de la administración diaria, la seguridad y de manera muy relevante, de los contratos de reconstrucción. La composición de este cuerpo es políticamente explosiva y ha sido diseñada para equilibrar intereses regionales dispares, a expensas de la cohesión operativa y sobre todo de la soberanía palestina.
Aquí está Tony Blair: el Reino Unido arrebató el territorio palestino al Imperio Otomano y decidió la creación del Estado de Israel; ahora, uno de sus exprimeros ministros, quien además es coautor del montaje de las inexistentes armas de destrucción masiva con el que se justificó la invasión de Irak en 2003, y es consultor de gobernantes autoritarios de la zona. Aunque Trump no le concede ser su virrey en Gaza, sí le otorga autoridad en decisiones sobre la asignación de miles de millones de dólares en contratos. Su participación es una bofetada para los palestinos, los árabes y los musulmanes.
Por otro lado, involucra a dos potencias regionales, Turquía y Qatar: La inclusión del ministro de Exteriores turco Hakan Fidan y del diplomático qatarí Ali Al-Thawadi es una maniobra de realpolitik de Estados Unidos para cooptar a aliados de Hamás y dar una pátina de legitimidad islámica al proceso. Sin embargo, como veremos más adelante, Israel dice que no los quiere ver en este proceso.
Trump les dio lugares en esta junta a hombres de los que todos los que quieren hacer negocios ahora ansían ser amigos: repiten Kushner, Witkoff y Marc Rowan (CEO de la administradora de fondos Apollo Global Management), acompañados de Yakir Gabay, un multimillonario israelí-chipriota con vastas inversiones en bienes raíces.

La base palestina de la pirámide: el Comité Nacional para la Administración de Gaza (NCAG)
El apellido “Nacional” de este Comité sirve para destacar que, aunque parecía que no, sí hay lugar para los palestinos en el plan trumpista… aunque no serán más que ejecutores bien supervisados de las decisiones de los políticos y empresarios extranjeros.
En la base de la estructura, teóricamente encargada de la gestión diaria de los asuntos civiles, estará este cuerpo “tecnocrático” integrado por palestinos, aunque algunos de sus compatriotas lo comparan con los Judenräte, los “consejos judíos” utilizados por la administración impuesta por los nazis en Polonia para controlar a las comunidades judías porque será una administración títere sin legitimidad política real ni capacidad de decisión autónoma, y con las fallidas “Ligas de Aldeas” que Israel intentó establecer en los años 80 como contrapeso para la Organización para la Liberación de Palestina.
La función del Comité, que será encabezado por Ali Sha’ath, un ingeniero que fue viceministro de la Autoridad Palestina al que la Casa Blanca describe como “pragmático” y “ampliamente respetado”, será la gestión municipal: restaurar servicios de agua, electricidad y limpiar escombros. Ni hablar de meterse en cuestiones de soberanía, fronteras, seguridad o refugiados.
La Fuerza de Estabilización Internacional: la ocupación militar legitimada
La seguridad será tarea de algo llamado Fuerza de Estabilización Internacional, liderada por un mayor general estadounidense, Jasper Jeffers… cuando encuentren quién la quiera integrar. Trump no va a asumir el problema políticos de que empiecen a llegar sus compatriotas en ataúdes, por lo que pretende que sean otros países los que envíen a soldados. Pero faltan candidatos.
Mientras tal Fuerza no tome el control, lo seguirá manteniendo el ejército israelí, bajo el amparo de la resolución del Consejo de Seguridad. Trump dice que se retirará “cuando la situación mejore”. Netanyahu dice que no.
El plan Trump para los palestinos: desposesión y borrado de identidad
Para los palestinos, tanto los atrapados en las ruinas de Gaza como los observadores en Cisjordania y la diáspora, el plan de Trump no es un plan de paz, sino la culminación de un siglo de intentos de liquidación nacional. La retórica de prosperidad económica y desarrollo inmobiliario de lujo se interpreta como un plan para proseguir con el despojo de sus tierras, el borrado de su identidad histórica y la prevención definitiva de cualquier forma de estadidad palestina.
La exclusión de los palestinos y la participación clave de hombres de los negocios inmobiliarios y financieros (todos, absolutamente todos, hombres, hasta ahora), es evidencia de que Trump, Kushner y sus socios no han dejado de pensar en su sueño de convertir las playas de Gaza en una “Riviera de Medio Oriente”, adquiriéndolas a costos incomparablemente menores que los que pagarían en Tel Aviv.
Aunque en público, la administración Trump ha moderado su retórica para asegurar que “nadie será forzado a irse”, los planes presentados con anterioridad para expulsar a los palestinos a Egipto, Jordania, o incluso en “ciudades de tiendas” en desiertos remotos, son vistos como el verdadero objetivo final del plan: vaciar la tierra para desarrollarla.
Frente a esta maquinaria de borrado, la reacción palestina se enmarca en el concepto cultural y político de Sumud (resiliencia, firmeza o perseverancia). A pesar de la devastación física absoluta, existe un rechazo social y político rotundo a cualquier plan que implique el exilio o la renuncia al derecho al retorno.
Además, existe una certeza generalizada entre los palestinos de que la calma actual, o la menor violencia que está ejerciendo Israel bajo la simulación de “cese al fuego”, es artificial y temporal. La percepción dominante es que Israel y Estados Unidos están utilizando la cobertura diplomática y mediática de la Junta de Paz para preparar el terreno para una agresión más sistemática y silenciosa. Se teme que, bajo la administración de la Junta, se implemente una “limpieza burocrática” donde la reconstrucción se utilice para rediseñar la demografía de Gaza, impidiendo el retorno de los desplazados a sus hogares y consolidando “zonas de seguridad” israelíes permanentes. La inclusión de figuras como Tony Blair y la marginación deliberada de la agencia de la ONU para refugiados UNRWA refuerzan la creencia de que el objetivo final es desmantelar el estatus legal de refugiado palestino, eliminando así el “problema” demográfico para Israel.
Los israelíes, insatisfechos y agraviados
Paradójicamente, el plan de Trump, diseñado para favorecer la hegemonía estadounidense y los negocios junto a los intereses de seguridad israelíes, está provocando una furiosa reacción negativa dentro del propio gobierno de coalición de Israel. La derecha israelí, lejos de celebrar la “pax trumpiana” como una victoria, ve en ella restricciones intolerables a sus ambiciones maximalistas de soberanía y expansión territorial.
Netanyahu protagoniza una inusual ruptura pública con Washington no tanto por el control estadounidense sino por la internacionalización del conflicto, que les da lugar a actores regionales rivales en la estructura de gobernanza de un territorio que Israel aspira a colonizar y anexar.
La oficina de Netanyahu emitió un comunicado declarando que la composición de la junta “no fue coordinada con Israel y contradice su política” por incluir a Turquía y Qatar. Además, el estamento de seguridad israelí filtró a la prensa que dar un asiento a estos países “envalentona” a Hamás y le da una vía para sobrevivir políticamente, financiarse y eventualmente rearmarse bajo la protección diplomática de sus aliados en la junta. Temen la replicación del “modelo Hezbollah” del Líbano, donde un gobierno débil (en este caso el del llamado Comité Nacional) coexiste con una milicia armada poderosa que controla el territorio de facto.
Para los ministros de extrema derecha Itamar Ben-Gvir (Seguridad Nacional) y Bezalel Smotrich (Finanzas), el plan de Trump representa un “beso de la muerte” ideológico y político, porque limita o por lo menos retrasa el reemplazo de la población de Gaza por colonos israelíes. Dicen que se trata de una traición a la “victoria total” que prometió Netanyahu.
Golpes directos al Derecho Internacional
Más allá del territorio palestino, el plan de Trump representa un intento de reescribir las reglas del orden internacional y la arquitectura de seguridad de Asia Occidental, sustituyendo el multilateralismo sujeto a normas por un bilateralismo corporativo basado en la fuerza y el dinero.
La creación de la Junta de Paz es, quizás, el desafío más directo a la primacía del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas desde su fundación en 1945.
Al establecer un organismo paralelo con poderes ejecutivos, financiación propia y un liderazgo personalista, Trump busca vaciar de contenido a la ONU, a la que considera ineficaz y sesgada. Aunque la Resolución 2803 del Consejo de Seguridad respalda nominalmente el plan, es utilizada por EEUU meramente como una coartada para legitimar una operación que viola principios fundamentales de la Carta de la ONU, como la igualdad soberana de los estados y el derecho a la autodeterminación de los pueblos.
El plan viola una larga lista de tratados internacionales. porque la administración de un territorio ocupado por una potencia extranjera (o un consorcio liderado por ella) sin el consentimiento de la población ocupada, y con el objetivo declarado de transformar su demografía y economía para beneficio de terceros, constituye una violación grave del Cuarto Convenio de Ginebra y podría equivaler a crímenes de guerra.
De hecho, la participación de Turquía y Qatar en la Junta es un arma de doble filo: busca mantener influencia sobre el futuro de Gaza, pero al hacerlo legitima un proceso ilegal que muchos de sus propios ciudadanos rechazan.
Por otro lado, la Unión Europea y otros actores occidentales tradicionales se encuentran en una posición de irrelevancia humillante, cuando no de complicidad activa. Aunque algunos países europeos fueron invitados a unirse a la Junta, la respuesta general es de parálisis. Críticos y organizaciones de derechos humanos señalan que el silencio se ha convertido en política, y que al no desafiar la suspensión de organizaciones humanitarias ni la estructura colonial del plan, Europa está facilitando el desmantelamiento del derecho internacional humanitario que ayudó a construir. La inconsistencia moral de Occidente es denunciada como una coartada colonial que permite atrocidades en Gaza mientras la condena en otros lugares.
Aferrarse a lo fatalmente fracasado
Donald Trump se dice injustamente afrentado porque a pesar de terminar guerras por aquí y por allá, no le dieron el Premio Nobel de la Paz y solo recibió la medalla ―no el premio― como regalo de la desesperación.
Pero el plan Trump no es de manera alguna un visionario proyecto de paz sino una imposición imperial cruda que satisface las fantasías de control y lucro de Washington mientras ignora peligrosamente las necesidades humanas básicas de los palestinos, además de que ni siquiera es aceptado por los israelíes.
Después del engaño sangriento de la fase uno, la fase dos aspira a institucionalizar la ocupación bajo una fachada corporativa, donde la soberanía se compra y se vende por mil millones de dólares. Los palestinos, atrapados entre los escombros y la “Riviera” imaginaria de Trump, enfrentan una fase de lucha existencial por la supervivencia física y política, resistiendo un proyecto diseñado para borrarlos como actores políticos de la historia.
La “Junta de Paz”, con su estructura neocolonial y su desprecio por la legalidad internacional, sienta un precedente peligroso para la gestión de conflictos globales en el siglo XXI. Si tiene éxito, podría marcar el fin efectivo del sistema de las Naciones Unidas. Si fracasa —como sugieren la historia de la resistencia palestina, las contradicciones internas del gobierno israelí y la volatilidad regional—, el resultado no será la paz, sino una explosión de violencia renovada, más desesperada y quizás incontrolable, en el corazón de Levante. La pax trumpiana, construida sobre la arena de Gaza, amenaza con derrumbarse sobre sus propios cimientos de arrogancia y exclusión.
Quizás el momento más próximo a una solución pactada fueron los Acuerdos de Oslo de 1993, a pesar de que el líder palestino Yasir Arafat fue acusado de hacer sacrificios inaceptables para la causa de su pueblo. El asesinato de Yitzhak Rabin, en 1995, abrió el marco del descarrilamiento que Netanyahu aseguró bajo la falsa promesa de que su pueblo podía olvidar el tema palestino y dedicarse a disfrutar las bondades de la riqueza, pues la superioridad militar y tecnológica israelí garantizaba seguridad total.
El 7 de Octubre destruyó el mito. No hay salidas para unos sin los otros. Trump se aferra a un esquema que fracasó con enormes costos en sangre para todos. Con la novedad, eso sí, de que además quiere hacer negocios.
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¿Habrá algún líder de algún país que esté dispuesto a efrentarseles (EEUU e Israhell) y parar este kgadero y locura?
¡¡Esto sin hablar del GENOCIDIO que sigue dándose!! 🤬🤬🤬
Ya aparecerá un Bruto que detenga a éste emperador.