En Irán, EEUU, Israel y Europa entierran la legalidad internacional… o quizás abren paso a una alternativa
Homenaje al periodista Jorge Meléndez
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Homenaje a Jorge Meléndez
Liberación no es destrucción de vidas inocentes: Sahar Delijani
De la escritora Sahar Delijani (su primera novela "Children of the Jacaranda Tree" fue traducida a 32 idiomas), hija de dos militantes iraníes de izquierda que primero lucharon contra la dictadura del shah y después contra la de los ayatolás:
"Nací en una prisión iraní. Mis padres estuvieron presos en sus cárceles. Mis tíos yacen en sus fosas comunes. No hay nada que puedas contarme sobre los crímenes del régimen iraní que no haya vivido con sangre y huesos.
Eso no significa que quiera que mi gente sea bombardeada, mutilada, asesinada, y que sus hogares queden en ruinas.
Si tu visión de liberación solo pasa por la destrucción de vidas inocentes, entonces no es la libertad lo que buscas".
En este video explica por qué "Israel no traerá la democracia a Irán”:
En una entrega anterior, expliqué que el conflicto que Trump y Netanyahu dicen querer resolver hoy —el programa nuclear iraní— ya había sido resuelto en 2015 y ellos mismos lo descarrilaron y reabrieron. Puedes leerlo aquí.
En Irán, EEUU, Israel y Europa entierran la legalidad internacional… o quizás abren paso a una alternativa
Por Témoris Grecko
En marzo de 2003, Estados Unidos (con sus asociados, los gobernantes de Reino Unido y España) fabricó la historia de que Irak poseía armas de destrucción masiva que era imperativo destruir. Incluso, se aprestaba a presentar el caso ante el Consejo de Seguridad de la ONU para obtener no la aprobación de una ofensiva militar —era imposible por el veto de Francia, China y Rusia—, sino un voto a favor aplastante de los diez miembros no permanentes del órgano, que avergonzara a quienes se opusieran y permitiera simular legitimidad.
No lo consiguió (los embajadores de México y Chile sabotearon la maniobra), pero hicieron el intento y se justificaron ante la opinión pública.
Ahora, ni eso. En junio de 2025 y este marzo de 2026, ataca a Irán a pesar de estar inmerso en negociaciones con él. Con vaguedad, habla de destruir un programa nuclear que antes dijo haber destruido, de ir en ayuda del pueblo iraní al tiempo en que destruye escuelas e instalaciones deportivas masacrando a cientos de niñas.
Esto, mientras sostiene un genocidio, apoya ataques israelíes a varios países, bombardea lanchas a su antojo, secuestra a un presidente, amenaza y persigue a jueces y fiscales de tribunales internacionales y un largo etcétera.
Pero sus aliados Francia, Reino Unido y Alemania le dan su respaldo.
En el Foro Económico Mundial de Davos en enero pasado, el Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, describió la situación como una “ruptura”, como fase terminal del orden político del mundo.
La arquitectura del sistema internacional, cimentada sobre las cenizas de la Segunda Guerra Mundial y refinada tras la Guerra Fría, atraviesa hoy una fase de desintegración estructural que va más allá de una transición geopolítica. Carney dirigió en Davos un discurso que muchos historiadores y analistas ponen a la par de otras alocuciones consideradas históricas en Occidente, como el de Churchill sobre el telón de acero. Actuando como el insider liberal definitivo, Carney admitió que el orden internacional basado en reglas (RBWO, por sus siglas en inglés) ha sido, en gran medida, una “ficción agradable” que permitía a las potencias occidentales proyectar una política exterior basada en valores mientras la realidad subyacente operaba bajo la lógica de la subordinación y la asimetría.
Durante décadas, países como Canadá han prosperado gracias a lo que llamábamos el orden internacional basado en normas.
Nos hemos adherido a sus instituciones, hemos alabado sus principios y nos hemos beneficiado de su previsibilidad. Gracias a su protección, hemos podido aplicar políticas exteriores basadas en valores.
Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era en parte falsa. Que los más poderosos se saltarían las normas cuando les conviniera. Que las normas que regulan el comercio se aplicaban de forma asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con mayor o menor rigor según la identidad del acusado o la víctima.
Esta ficción era útil y la hegemonía estadounidense, en particular, contribuía a garantizar beneficios públicos: vías marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a los mecanismos de resolución de controversias.
Esta confesión de Carney, que como veremos pretende dar ejemplo de honestidad pero vuelve a ser un gesto de hipocresía, no surge de una voluntad desinteresada sino de la constatación de que las herramientas de integración económica —antes vistas como motores de beneficio mutuo— se han transformado en instrumentos de coerción que ahora amenazan incluso a las potencias medianas que antes se sentaban a la mesa del hegemon.
El análisis de este fenómeno revela una crisis de legitimidad profunda: los mismos valores de soberanía, integridad territorial y derechos humanos que Occidente presumía defender han sido subvertidos sistemáticamente por las potencias occidentales mediante el apoyo a acciones militares unilaterales, el respaldo a procesos de violencia masiva y, lo más grave, la neutralización deliberada del sistema de justicia internacional.
El fin de la ficción normativa
El discurso de Mark Carney en Davos 2026 marca el entierro oficial del idealismo liberal que dominó la posguerra. Al describir el orden internacional como una “ficción agradable” que ahora se enfrenta a una “realidad brutal”, Carney reconoce que el sistema nunca fue tan universal ni tan equitativo como rezaban sus tratados.
Las potencias occidentales, según Carney, participaron en “rituales” de multilateralismo —en instituciones como la ONU, la OMC y las cumbres climáticas— mientras sabían que los más fuertes se eximían de las reglas cuando les resultaba conveniente y que la ley internacional se aplicaba con rigor variable según la identidad del acusado o de la víctima.
Esta admisión de Carney utiliza la parábola del tendero de Václav Havel para ilustrar la complicidad colectiva: así como el tendero coloca un cartel de “Proletarios del mundo, uníos” en su escaparate, no porque crea en él, sino para evitar problemas y señalar su cumplimiento con el sistema, las naciones occidentales mantuvieron el cartel del “orden basado en reglas” para comprar seguridad y estabilidad bajo la hegemonía estadounidense. Sin embargo, Carney advierte que este pacto ha dejado de funcionar porque la interdependencia económica se ha “polarizado”: los aranceles, las cadenas de suministro y la infraestructura financiera han sido convertidos en armas de guerra.
El núcleo de la advertencia de Carney reside en la inversión de la polaridad de la integración. Lo que antes era un mecanismo de prosperidad compartida es ahora la fuente de la subordinación de las naciones. En un mundo donde las grandes potencias —con referencias veladas a la administración Trump y a la creciente influencia de China— no aceptan restricciones, las potencias medianas se encuentran en una posición de vulnerabilidad extrema.
Las potencias medianas deben actuar juntas, porque si no estás en la mesa, estás en el menú.
Esta frase de Carney resuena como un llamado a las potencias medianas para formar coaliciones de “geometría variable” que puedan resistir la presión de los gigantes.
No obstante, esta supuesta honestidad es cuestionable desde la perspectiva del Sur Global. Para África, América Latina e incluso para los pueblos indígenas dentro de las propias potencias occidentales, el mundo nunca ha dejado de estar en el menú; la única diferencia ahora es que las potencias medianas temen que el cambio de actitud de su protector EEUU las convierta también a ellas en plato principal.
La subversión de la justicia internacional
Uno de los pilares más evidentes de la destrucción de la legalidad internacional es el ataque sistemático de las potencias occidentales contra la Corte Penal Internacional (CPI). La narrativa de Carney sobre una política exterior basada en valores se desmorona al analizar el respaldo militar, financiero y diplomático brindado a acciones que la propia justicia internacional ha calificado como presuntos crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad.
En noviembre de 2024, la CPI emitió órdenes de arresto contra el Primer Ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y su exministro de Defensa, Yoav Gallant, por el uso del hambre como método de guerra y otros crímenes en Gaza. La respuesta de Estados Unidos fue la firma de la Orden Ejecutiva 14203 en febrero de 2025, que impone sanciones a los propios jueces y fiscales de la Corte. Al sancionar a funcionarios judiciales por cumplir con su mandato bajo el Estatuto de Roma, Estados Unidos no solo se ha retirado de la legalidad, sino que ha iniciado una persecución activa contra la independencia judicial a nivel global.
Para finales de 2025, el número de funcionarios de la CPI sancionados por Washington ascendía a once, incluyendo al fiscal jefe Karim Khan y a varios jueces. El caso del magistrado francés Nicolas Guillou es paradigmático: al aprobar las órdenes de arresto contra Netanyahu y Gallant, fue incluido en una lista de 15 mil personas calificadas de terroristas, junto a líderes de Al-Qaeda y capos del narcotráfico, lo que resultó en la cancelación de sus tarjetas bancarias y la imposibilidad de realizar transacciones tan simples como reservar un hotel en su propio país.
Esta estrategia de neutralización de la justicia internacional demuestra que la “legalidad” para las potencias occidentales es un concepto condicional. Mientras que en 2023 celebraron la orden de arresto contra Vladimir Putin como un triunfo de la justicia, en 2025 califican acciones idénticas de la Corte como “politizadas e ilegítimas” cuando afectan a sus aliados cercanos. Esta inconsistencia ha agotado la paciencia del Sur Global, que ve en la CPI una herramienta que Occidente diseñó para “África y matones como Putin”, pero no para las democracias occidentales o sus protegidos, como señaló con crudeza el senador estadounidense Lindsey Graham.
Incluso naciones que son miembros de la CPI, como Reino Unido y Francia, han mostrado una debilidad alarmante ante las presiones. El Reino Unido amenazó en 2024 con desfinanciar la Corte si se emitían órdenes contra líderes israelíes, y Francia ha fallado en proteger a su propio ciudadano, el juez Guillou, de las represalias financieras de Washington. Esta capitulación de los Estados Parte ante el hostigamiento de un Estado no miembro (EEUU) marca el fin de la autonomía judicial internacional y el retorno a un sistema de impunidad para los poderosos.
Los europeos marginan a la Unión Europea
La ruptura del orden internacional alcanzó un nuevo punto de inflexión en marzo de 2026, cuando París, Londres y Berlín (el grupo E3) abandonaron cualquier pretensión de contención diplomática y apoyaron abiertamente una ofensiva militar contra Irán. Tras los recientes ataques aéreos de EEUU e Israel que resultaron en la muerte del líder supremo Ali Jameneí, el 28 de febrero, el E3 emitió una declaración conjunta indicando su disposición para realizar “acciones defensivas” para destruir la capacidad de Irán de lanzar misiles “en su origen”.
Esta postura representa la erosión final de la prohibición del uso de la fuerza contenida en el Artículo 2 de la Carta de las Naciones Unidas. Al permitir que Estados Unidos utilice sus bases para ataques “preventivos” y al participar directamente en operaciones de intercepción y bombardeo, las potencias europeas están legitimando una doctrina de agresión que ignora la soberanía nacional y el papel de árbitro del Consejo de Seguridad.
La escalada con Irán ha puesto de manifiesto que las decisiones críticas de guerra y paz ya no se toman en Bruselas (sede del Consejo Europeo) ni en las instituciones multilaterales, sino en las capitales nacionales alineadas con los intereses estratégicos de Washington. Mientras la jefa de la diplomacia de la Unión Europea, Kaja Kallas, hacía llamamientos a la moderación y al respeto por la ley internacional, las potencias militares europeas ya estaban coordinando con el Pentágono la ejecución de la “OperaciónFuria Épica”.
Mencionar el menú en casa de los platillos
¿De qué le sirve al Sur Global que las “potencias medianas” occidentales se angustien porque las empujan de la mesa al menú? La supuesta honestidad de Carney no estaba dirigida a todo el mundo en riesgo, es un llamado a defender los privilegios de los que elegían platillos en el menú, donde el sistema que defiende mantuvo a la gran mayoría de las personas del planeta. El “orden basado en reglas” ha sido una herramienta de colonialismo, extractivismo e imperialismo cognitivo.
Desde el Yellowhead Institute (un centro de investigación y educación dirigido por indígenas, con sede en la Facultad de Artes de la Universidad Metropolitana de Toronto) han señalado la profunda hipocresía en el discurso de Carney. Mientras él habla de soberanía e integridad territorial en Davos, su propio gobierno en Canadá socava sistemáticamente los derechos de los pueblos indígenas para acelerar proyectos energéticos que exacerban la crisis climática. El sistema de rivalidad de grandes potencias que Carney denuncia es, en esencia, el mismo sistema que Canadá aplica internamente hacia las naciones originarias.
En África, la mención de la “mesa y el menú” evoca inevitablemente la Conferencia de Berlín, donde las potencias europeas dividieron el continente sin presencia africana. La diferencia hoy es que las naciones del Sur Global, como Brasil, India y Sudáfrica, ya no son meros observadores pasivos. A través del BRICS+ y otras iniciativas, están buscando construir sus propias mesas, con sus propias reglas, alejándose de una hegemonía occidental belicista, egoísta y cruel.

¿Llegamos al fin de la legalidad internacional?
La hipocresía de Carney es atribuirles toda la responsabilidad a las potencias más grandes. Sí, se presentaban como garantes de la ley internacional al tiempo en que se aprovechaban de ella. Pero Canadá y otras “potencias medianas” lo hacían también. Lo siguen haciendo. Y al volver a darles apoyo a Washington y Tel Aviv, a pesar de la supuesta honestidad con la que reconocen la situación y se proponen buscar alternativas, se reconfirman como enemigos de la legalidad internacional. La sustitución abierta de la ley por la fuerza, el uso de sanciones como “raqueta de protección” y la retirada de instituciones clave indican que el sistema de la posguerra está colapsando o ya lo hizo irremediablemente.
Sin embargo, lo que estamos presenciando puede no ser el fin de la legalidad per se, sino el fin de una legalidad eurocéntrica y unipolar.
La crisis de la Corte Penal Internacional, por ejemplo, ha llevado a un debate sobre si el Derecho Penal Internacional es simplemente un proyecto de Occidente para castigar a otros. El hecho de que Sudáfrica haya acusado a un aliado clave de Occidente de genocidio ante la Corte Internacional de Justicia demuestra que las herramientas legales están siendo reapropiadas por el Sur Global para desafiar a los antiguos amos del sistema.
La parálisis de la ONU ante atrocidades en Gaza, Ucrania y Sudán es un síntoma de un “malestar estructural profundo”. El Consejo de Seguridad, congelado en la dinámica de poder de 1945, se ha vuelto irrelevante para los desafíos del siglo XXI. Esta irrelevancia se compensa con el uso de neolengua: términos como “operación especial”, “intervención humanitaria” o “acción defensiva” se utilizan para encubrir violaciones flagrantes de los tratados, permitiendo a los líderes evitar la palabra “guerra” y las responsabilidades legales que conlleva.
Ante este escenario de desmoronamiento, no es posible que la construcción de un orden alternativo positivo sea liderada por figuras como Mark Carney, cuyo realismo sigue siendo defensivo y excluyente, ni mucho menos por colaboracionistas como los mandatarios de Reino Unido, Francia y Alemania.
Una alternativa realista debe fundamentarse en la recuperación de los órganos internacionales que aún funcionan y en la creación de nuevos polos de poder que equilibren la balanza global.
A pesar de su crisis, la Carta de la ONU sigue siendo el documento secular más importante del mundo. La recuperación de la legalidad pasa por exigir la observancia estricta de sus principios fundamentales: la prohibición de la amenaza o el uso de la fuerza y la resolución pacífica de disputas. Esto requiere una “democratización” de las instituciones internacionales, ampliando la voz y la participación de los países en desarrollo para que las decisiones reflejen los intereses de toda la humanidad y no solo de unos pocos poderosos.
Hay gente en busca de alternativas. Por ejemplo, un equipo internacional de expertos reunidos en el Global Governance Forum presentó en 2024 la “Segunda Carta de Naciones Unidas”, una propuesta integral de reforma de la estructura de la ONU para que sea más representativa de los pueblos del mundo y pueda enfrentar los desafíos globales como el cambio climático y la parálisis política, con protocolos que abordan el desarme y la seguridad colectiva desde una perspectiva de legitimidad y no de dominación. Esto incluye fortalecer la infraestructura de prevención de atrocidades fuera del Consejo de Seguridad, empoderando a la Asamblea General y a la Corte Internacional de Justicia para actuar cuando las grandes potencias bloquean la acción institucional.
Cooperación con el Sur Global y el BRICS+
Es un error creer que el grupo llamado BRICS+ representa una solución por sí mismo. En primer lugar, porque incluye a potencias imperialistas con ambiciones hegemónicas, como las que tiene EEUU.
Y también porque se caracteriza por una enorme diversidad de todo tipo, lo que implica que es difícil coordinar sus intereses y evitar las rivalidades directas que ya existen, como las de China con Rusia y con India (en este momento, tres de sus miembros económicamente más poderosos, Irán, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí, están intercambiando ataques con drones y misiles).
Pero sí puede funcionar como foro de debate alternativo a Occidente que establezca bases mínimas de acuerdo para reformar los organismos globales, en los que el Sur Global gane protagonismo (algo en lo que Brasil, India y Sudáfrica pueden jugar un papel más convincente que China y Rusia).
El BRICS+ ya está promoviendo una agenda centrada en:
Reforma Financiera: Reducir la dependencia del dólar para evitar que las sanciones occidentales se utilicen como armas de guerra económica.
Soberanía e Igualdad: Adherirse a los cinco conceptos básicos de la Iniciativa de Gobernanza Global que enfatiza la consulta extensa y la contribución conjunta para el beneficio compartido.
Resiliencia e Innovación: Fomentar la cooperación en salud, tecnología y cambio climático bajo principios de “humanidad primero”.
Que el realismo deje de ser cinismo
Para que las potencias medianas como Canadá eviten “estar en el menú”, su estrategia no debe ser formar coaliciones cerradas para defender lo que queda de la hegemonía occidental, sino integrarse en un sistema policéntrico. Esto significa abandonar la política de “valores” hipócritas y adoptar una “realidad multipolar” donde se acepte que ningún polo tiene el monopolio de la moral o la verdad.
La cooperación debe ser funcional y pragmática. Por ejemplo, en el Ártico, en lugar de invocar aranceles y amenazas militares, se deben fomentar diálogos centrados en la seguridad y la prosperidad común.
En el comercio, se debe trabajar para restaurar un sistema de solución de diferencias en la OMC que sea vinculante y equitativo para todos, permitiendo a las naciones en desarrollo proteger su seguridad alimentaria y su industrialización.
La ruptura anunciada por Carney no tiene por qué derivar en una desestabilización catastrófica. La clave para evitar que el declive de Occidente provoque un incendio global reside en la aceptación de la multipolaridad y en la renuncia a la pretensión de superioridad moral que ha caracterizado a las potencias occidentales.
Recuperar la legalidad internacional exige un acto de verdadera honestidad: reconocer que el sistema de justicia y las leyes de la guerra deben aplicarse por igual a todos, sin excepciones para los “aliados estratégicos” o las “democracias”.
Solo a través de una cooperación genuina con el Sur Global, basada en la soberanía, la no interferencia y el respeto mutuo, será posible construir un nuevo equilibrio de poder. En este nuevo orden, la “mesa” no deberá ser un lugar de exclusión, sino un espacio de coordinación donde el derecho internacional vuelva a ser el límite de la ambición y no el disfraz de la agresión. El fin de lo que para Carney era una “ficción agradable” es el comienzo necesario para una legalidad robusta, verdaderamente universal y realista sin que eso signifique cinismo.
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