40 años de impunidad de Les Wexner, patrón de Jeffrey Epstein y de la red de chantaje pro-Israel
Su identidad fue protegida por el Departamento de Justicia / Las de las mujeres víctimas de tráfico sexual fueron expuestas
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¿Quién movía los hilos de Epstein?
En esta entrevista con el periodista Jesús Escobar, profundizo sobre los nombres e intereses detrás de Jeffrey Epstein y su red.
Cuatro décadas de impunidad total de Leslie Wexner, patrón de Jeffrey Epstein y de la red de chantaje pro-Israel
Por Témoris Grecko
La historia del poder en los Estados Unidos durante las últimas cuatro décadas no puede entenderse sin analizar las figuras que operan en el punto donde se unen las mayores fortunas, la inteligencia internacional y la protección judicial sistemática.
Leslie H. Wexner, el magnate dueños de imperios como Victoria’s Secret, Bath & Body Works y Abercrombie & Fitch, aparece no solo como un multimillonario, sino como el nodo central de una red de influencias que ha desafiado repetidamente el escrutinio legal.
Hasta el momento, es un Wexner con nueve vidas o más: una y otra vez se ha enredado en tramas criminales que llevan a otros a la cárcel e incluso al suicidio —como su protegido Jeffrey Epstein—, pero siempre escapa y no solo cae sobre las patas, sino que su identidad permanece oculta.
Porque tiene un rol principal en el juego del poder en Estados Unidos que le garantiza impunidad y discreción. Y a sus 88 años, por primera vez ha tenido que declarar y hasta el momento sigue libre de toda acusación formal, a pesar de la evidencia que se acumula en su contra.
En un país en el que la enorme red criminal de Epstein permanece en total impunidad (en escandaloso contraste con Europa), es probable que permanezca más allá de la justicia.
Aunque, finalmente, no de la vista pública.
2026: La protección de Pam Bondi
El 11 de febrero, en el Comité Judicial de la Cámara de Representantes en Washington, se produjo un acto de desafío legislativo que puso en entredicho la integridad del Departamento de Justicia (DOJ) bajo la dirección de la fiscal general Pam Bondi. Durante una audiencia pública, el representante republicano Thomas Massie exhibió un documento del FBI, que fue censurado para permitir su difusión pública, donde el nombre de Leslie Wexner había sido ocultado bajo la justificación de proteger procesos internos y la privacidad.
Para poner en evidencia la maniobra, Massie preparó un tablero que representaba el documento originalmente tachado por el DOJ, retiró físicamente la cinta que cubría la identidad de Wexner y reveló que el FBI lo había catalogado oficialmente como un “co-conspirador” en la investigación de la red de tráfico sexual de Jeffrey Epstein.
Esta revelación no fue un error administrativo, sino el resultado de una pugna de meses bajo la Ley de Transparencia de los Archivos de Epstein. Massie, republicano, y su colega demócrata Ro Khanna, denunciaron que el DOJ había ignorado el mandato del Congreso de desclasificar documentos, optando en cambio por proteger a “hombres poderosos y ricos”, entre los cuales Wexner ocupaba un lugar preeminente.
Bondi, que a lo largo de su comparecencia se distinguió por desdeñar y burlarse de los representantes populares y por evadir responder las preguntas, apeló a su “privilegio de proceso deliberativo” para negarse a explicar por qué se protegió la identidad de un presunto co-conspirador y no las de las mujeres que fueron víctimas de violación y un conjunto de abusos sexuales.
La importancia de este evento radica en la “cadena de decisión” que Massie intentó rastrear. Al ser catalogado como co-conspirador, la lógica jurídica dictaría una investigación exhaustiva o un procesamiento; sin embargo, el DOJ ha mantenido que Wexner fue meramente una “fuente de información” y nunca un “objetivo”. Esta discrepancia entre la clasificación interna del FBI y la inacción de los fiscales federales apunta a una intervención política de alto nivel que ha blindado a Wexner de cualquier consecuencia criminal.
1985: un asesinato estilo El Padrino
Leslie Wexner goza de inmunidad al menos desde 1985, cuando tenía 48 años, y tiene raíces profundas en los círculos de poder de su natal Columbus, Ohio. Entonces fue asesinado Arthur L. Shapiro, un abogado prominente y socio de la firma Schwartz, Shapiro, Kelm & Warren, representante legal de la empresa The Limited, la más importante del imperio de Wexner.9
En un golpe al estilo mafioso, ejecutaron a Shapiro días antes de presentar testimonios ante un gran jurado sobre un esquema masivo de evasión de impuestos en el que estaba implicado. El informe policial, conocido como “The Arthur Shapiro Murder File”, detalló conexiones entre Wexner, su entorno empresarial y figuras del crimen organizado, específicamente a través de una de sus compañías de transporte.
A pesar de la gravedad de las sospechas y de la clara motivación para silenciar a un testigo clave en una investigación fiscal que involucraba a sus empresas, Wexner nunca fue acusado. El caso se centró eventualmente en el socio de Shapiro, Berry Kessler, quien ya tenía un historial de eliminar a sus asociados para cobrar seguros, permitiendo que la investigación se alejara de las ramificaciones corporativas de The Limited.
Este episodio estableció un patrón que se repetiría: el estallido de un escándalo criminal en el círculo íntimo de Wexner, la muerte o encarcelamiento de un socio clave, y la salida ilesa del magnate, cuya reputación permanece resguardada por una “falta de evidencia dura” que los críticos atribuyen a una investigación superficial.
1985: Wexner y Epstein en el escándalo Irán-Contras
En esa misma época, el gobierno de Ronald Reagan había montado un inmenso esquema de financiamiento ilegal del ejército de la contrarrevolución nicaragüense, que involucró la venta clandestina de armas a Irán y el contrabando de droga desde Colombia hasta EEUU, vía Honduras y México (lo que provocó los asesinatos de quienes amenazaban con descubrirlo en México, los periodistas Manuel Buendía y Javier Juárez Vázquez y el agente de la DEA Kiki Camarena).
Entonces, la aerolínea Southern Air Transport (SAT) —una entidad que había sido propiedad secreta de la CIA hasta 1973 y continuaba operando como un contratista clave para operaciones encubiertas— trasladó su base de operaciones a Columbus, Ohio. Esta relocalización no fue casual. Investigaciones sugieren que Jeffrey Epstein, actuando como el brazo derecho de Wexner, desempeñó un papel fundamental en la reconfiguración de la infraestructura de SAT para servir a los intereses de transporte de carga de las empresas minoristas de Wexner. En esencia, aviones con un historial de transporte de armas para los Contras nicaragüenses y, presuntamente, de narcóticos para financiar operaciones encubiertas, terminaron integrados en la cadena de suministro de marcas de moda masiva.
La impunidad en este caso se manifestó de forma flagrante en 1996, cuando agentes de Aduanas descubrieron un cargamento de cocaína oculto en uno de los aviones de Southern Air que operaba desde la base de Wexner. A pesar del hallazgo, las investigaciones locales fueron cerradas abruptamente y la aerolínea dejó de operar en 1998 después de haber recibido generosos subsidios federales para su relocalización, una maniobra que permitió que los activos y secretos de la operación se dispersaran sin mayores consecuencias legales para sus beneficiarios en Ohio.
Wexner y Epstein, útiles en la trama ilegal del estado profundo, no fueron investigados.
1991: Wexner hace multimillonario a Epstein
Wexner no solo fue el primer y más grande cliente de Epstein, sino que fue quien le otorgó la pátina de legitimidad necesaria para infiltrarse en las élites globales y, además, el control de su inmensa fortuna. En 1991, Wexner concedió a Epstein un poder notarial absoluto sobre sus finanzas, fideicomisos y propiedades, que representaban más de mil millones de dólares en acciones y efectivo.
Fue un acto que expertos legales describieron como altamente inusual. Pero naturalmente tenía importantes motivos: ese mismo año, Wexner, los hermanos Bronfman (propietarios de la gran distribuidora de bebidas alcohólicas Seagram) y otros multimillonarios habían creado The Study Group, un Mega Grupo (como lo llamaban) de filántropos que decidieron coordinar sus grandes donaciones para apoyar causas pro-Israel y pro-extrema derecha.
Eso, de manera abierta. Pero además, clandestinamente le dieron a Epstein los medios para crear un sistema de obtención de kompromat (material comprometedor, en el lenguaje de los servicios de inteligencia) para extorsionar a los hombres poderosos de los países anglosajones y europeos para influir en la política hacia Israel, que se convirtió en la cada vez más conocida red de tráfico sexual que montó con Ghislaine Maxwell (hija del llamado “super espía del Mossad” Robert Maxwell, que como Shapiro, había muerto ese mismo año justo antes de declarar ante el juez, en un dudoso suicidio).
Epstein pudo actuar no como un asesor, sino como un sustituto de Wexner, quien incluso le transfirió una propiedad de 77 millones de dólares que lleva el nombre de su familia, la Mansión Wexner, de la calle 71 de Nueva York, escenario repleto de cámaras ocultas en el que hombres poderosos fueron grabados perpetrando crímenes sexuales).
Documentos desclasificados en enero de 2026 han arrojado luz sobre la naturaleza de esta relación. En notas personales, Epstein afirmaba que “nunca, jamás, hizo nada sin informar a Les” y que ambos compartieron “cosas de la banda” (gang stuff) durante más de 15 años. La frase sugiere una relación de mutua dependencia y conocimiento de secretos comprometedores.
Después de la caída de Epstein, Wexner se justificó acudiendo a la misma narrativa que usan tantos otros asociados del pederasta: que fue “engañado por un estafador de clase mundial”.
Sin embargo, esta defensa se desmorona al analizar que, después de la supuesta ruptura, Wexner continuó transfiriendo activos a Epstein, incluyendo un pago de 100 millones de dólares que fue justificado como “restitución”, pero que muchos interpretan como el cierre de una cuenta pendiente para asegurar el silencio de Epstein ante el proceso judicial que enfrentaba en Florida en 2008.

1996: Maria, atrapada en el feudo Wexner
Uno de los ejemplos más escalofriantes de la impunidad de Wexner y su capacidad para silenciar denuncias es el caso de la artista Maria Farmer. En el verano de 1996, Farmer fue invitada por Epstein a residir en una de las casas de huéspedes de la finca de Wexner en New Albany, Ohio, para realizar trabajos artísticos. Según su testimonio, fue agredida sexualmente por Epstein y Ghislaine Maxwell en esa propiedad.
Lo que diferencia este caso de otros es el papel activo del aparato de seguridad de Wexner en el encubrimiento del crimen. Farmer denunció que, tras el asalto, fue retenida contra su voluntad y amenazada físicamente por policía local y personal de seguridad privada vinculado a Wexner, quienes le impidieron abandonar la propiedad durante días. Al intentar reportar el incidente al FBI desde un teléfono dentro de la propiedad, el agente que recibió la llamada simplemente colgó cuando ella mencionó el nombre de Wexner y el lugar donde se encontraba.
Esta captura institucional de las fuerzas del orden locales en New Albany —una ciudad que es, en la práctica, un feudo corporativo de Wexner— demuestra cómo el poder del multimillonario trasciende lo legal para convertirse en soberano en su propio territorio. La impunidad de la que gozó Wexner en ese momento permitió que Epstein continuara su red de tráfico durante otras dos décadas, un fallo sistémico que el Departamento de Justicia de 2026 todavía se niega a explicar plenamente ante el Congreso.
Ante el Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes, el 18 de febrero, Leslie Wexner declara que nunca conoció a Maria Farmer y no supo que abusaron de ella.
2008: Epstein violador… de la “regla número 1”
Cuando Jeffrey Epstein finalmente fue procesado en Florida en 2008, el mundo esperaba que sus poderosos amigos fueran investigados.
En cambio, se produjo el famoso “acuerdo de cariñitos” (sweetheart deal) que protegió a todos los posibles co-conspiradores.
El fiscal Alex Acosta disponía de evidencia y sobre todo, de testimonios de 40 jóvenes violadas y abusadas, incluidas menores de edad. Pero el primer día del juicio, en septiembre de 2007, Acosta sorprendió al explicarle al juez que había llegado a un acuerdo con el acusado: Epstein se declaraba culpable de solo dos delitos de fuero estatal, no federal, y que estaban relacionados con solicitud de servicios de prostitución y prostitución de una persona menor de 18 años.
Para el Departamento de Justicia, las niñas sexualmente esclavizadas eran prostitutas. Así, no solo negoció y pactó a espaldas de las víctimas; no solo les negó el derecho a declarar en público, ante el tribunal y frente a su violentador, de todo lo que las había hecho sufrir. No únicamente les impidió tener justicia. En una sentencia judicial y ante el mundo, las definió oficialmente como prostitutas.
A cambio, en lugar de decenas de años de prisión, Epstein recibió:
*Una condena de 18 meses, de los que apenas cumplió 13.
*Estadía en una cárcel menor con comodidades.
*Privilegio de salir 12 horas al día, seis jornadas a la semana.
*Inmunidad ante cualquier otra acusación estatal y ante cualquier acusación federal.
*Inmunidad extendida para todos sus “co-conspiradores nombrados y no nombrados”.
Jack Scarola, uno de los representantes de las víctimas, consideró que era “inexplicable que un fiscal haya llegado a un acuerdo de este tipo”. Así lo declaró en la serie documental “Jeffrey Epstein: Asquerosamente rico”: “En 45 años de práctica, jamás había escuchado de alguien que llegara a un acuerdo que no solo otorga inmunidad al sujeto de una investigación, sino que además les da tarjetas ‘salga-gratis-de-la-cárcel’ a cada uno de los coconspiradores de esa persona, nombrados y no nombrados”.
Los “co-conspiradores” nombrados eran Ghislaine Maxwell y varias mujeres reclutadoras. ¿Y los no nombrados, que además de impunidad no tuvieron ni siquiera que ser identificados ante el público? Según los documentos publicados por el Departamento de Justicia el 30 de enero pasado, el FBI sospechaba que uno de ellos era Leslie Wexner.
El empresario, convenientemente, había anunciado la ruptura de su relación con Epstein cuando se supo que fue acusado, un año antes, citando el descubrimiento de malversación de fondos.
Sin embargo, los registros desclasificados recientemente cuentan una historia diferente de apoyo continuado. El 26 de junio de 2008, el mismo día en que se hizo público el acuerdo de cariñitos, Wexner le envió un correo electrónico personal: “Abigail me contó el resultado... todo lo que puedo decir es que lo siento. Violaste tu propia regla número 1: siempre sé cuidadoso”.
Este intercambio es revelador por dos razones: primero, demuestra que Wexner mantenía una comunicación íntima y empática con Epstein mientras este último era procesado por crímenes sexuales con niñas; segundo, Wexner le reprochó no violar a niñas sino la “regla número 1” de ser “cuidadoso”, muestra de un código compartido de conducta entre hombres que operan en los márgenes de la ley, donde el pecado no es el acto criminal, sino el ser capturado por él.
A pesar de esta evidencia de complicidad y conocimiento, Wexner volvió a salir impune y protegido de la vista pública, mientras el DOJ ocultaba estas comunicaciones durante casi veinte años bajo el pretexto de la privacidad de terceros.
Filantropía estratégica: el sionismo y el espionaje como escudos
La inmunidad de Leslie Wexner no es solo la de los multimillonarios: se sustenta principalmente en su papel como uno de los filántropos más influyentes de la comunidad judía internacional y defensor incondicional de las causas pro-Israel. En 1991, junto con Charles Bronfman, Wexner fundó el “Mega Group” (originalmente llamado Study Group), un círculo secreto de multimillonarios dedicados a financiar iniciativas judías y presionar a presidentes, príncipes y ministros a favor de Israel.
El Mega Group ha sido señalado por exagentes de contrainteligencia como el ex analista de la NSA John Schindler como una red que mantenía contactos estrechos con el Mossad y servía como vehículo para “operaciones de influencia” en territorio estadounidense. Jeffrey Epstein fue un miembro activo de esta red, utilizándola para entablar relaciones con figuras de la talla de Ehud Barak, ex primer ministro de Israel.
La Fundación Wexner ha sido el conducto para canalizar millones de dólares hacia figuras políticas israelíes clave. Entre 2004 y 2006, la fundación realizó pagos por 2.3 millones de dólares a Ehud Barak por supuestos servicios de asesoría, en un momento en que Epstein todavía era una figura central en la toma de decisiones financieras de la fundación. Además, el programa de Becas Wexner Israel en la Escuela Kennedy de Harvard ha formado a más de 280 altos funcionarios israelíes, incluyendo generales y directores de ministerios, creando una red de lealtad institucional que se extiende desde Washington hasta Tel Aviv.
Esta “filantropía de poder” todavía sirve como un blindaje formidable. Cualquier intento de investigar a Wexner es frecuentemente retratado por sus aliados como un ataque a las instituciones judías o a la relación estratégica entre EEUU e Israel.
Al entrelazar su fortuna con la seguridad nacional de un aliado clave y con la formación de los líderes espirituales y comunitarios de su fe (a través de los Graduate Fellowships para rabinos), Wexner construyó un sistema de defensa en el que su caída personal implicaría el colapso de múltiples pilares institucionales.
El representante Robert García, de Long Beach, explica el papel fundamental de Wexner después de que el multimillonario declaró ante el Comité de Supervisión de la Cámara, el 18 de febrero: “Debemos ser muy claros: no habría isla de Epstein, no habría avión de Epstein, no habría dinero para traficar mujeres y niñas, el señor Epstein no hubiera sido el hombre rico que fue sin el apoyo de Les Wexner”.
¿Por qué se sostiene su blindaje?
Shapiro fue asesinado en 1985, y Epstein, como Maxwell en 1991, se “suicidó” en 2019.
Wexner se mantiene impune. Su complicidad, oculta hasta hace unos días.
En la audiencia de Pam Bondi, el representante Thomas Massie planteó una pregunta fundamental: “¿Cuál fue el árbol de decisión (decision tree) para no procesar a Leslie Wexner?” La evidencia acumulada sugiere que esta protección no es el resultado de un solo acto, sino de un sistema de capas superpuestas.
Por un lado, está la protección derivada de su vinculación con redes de inteligencia de israel y de Estados Unidos, donde la exposición de Wexner podría comprometer redes de agentes u operaciones de seguridad nacional que el DOJ prefiere mantener ocultas.
Además, está el poder de su defensa legal, liderada por ex funcionarios de alto rango del propio Departamento de Justicia, como Mary Jo White, lo que crea un entorno de colusión profesional donde los fiscales federales evitan enfrentarse a sus antiguos mentores o colegas.
Finalmente, el caso de 2026 revela que, incluso con una ley de transparencia en vigor, el DOJ sigue utilizando el “privilegio de proceso deliberativo” para evitar que el público conozca por qué un hombre catalogado internamente como “co-conspirador” nunca enfrentó un gran jurado.
Esta opacidad persistente sugiere que Wexner posee información o conexiones que lo sitúan en una categoría de ciudadanos por encima de la ley, protegidos por un pacto de silencio que ha resistido asesinatos, escándalos sexuales internacionales y el escrutinio del Congreso de los Estados Unidos.
La historia de Leslie Wexner no es la de un hombre que se rodeó de malas compañías por accidente, sino la de un constructor de poder que utilizó su inmensa riqueza para levantar un sistema de impunidad que se extiende desde los suburbios de Ohio hasta las esferas más altas de la inteligencia global.
Mientras la verdad sobre Jeffrey Epstein sigue goteando a través de documentos censurados, la figura de Wexner permanece como el recordatorio más potente de que, en el corazón de la democracia estadounidense, existen sombras que la justicia todavía no se atreve a iluminar.
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