¿Cuál es el problema? Israel: No la violencia sino la imagen; Bilbao: son los violentados
Itamar Ben-Gvir selló el éxito de la Flotilla Global Sumud / Testimonio de Violeta Núñez tras el secuestro
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En esta edición:
*Itamar Ben Gvir selló el éxito de la Flotilla Global Sumud
Para la sociedad israelí, la violencia está muy bien, lo malo es que se vea
*El inexplicable ataque en Bilbao quizás sí tenga explicación
De primera mano: el testimonio de Violeta Núñez tras el secuestro israelí
Sigue la cobertura en Rompeviento TV.
Itamar Ben Gvir le dio el triunfo a la Flotilla Global Sumud
Para la sociedad israelí, la violencia está muy bien, lo malo es que se vea
Por Témoris Grecko
El ministro de Seguridad Nacional de Israel, Itamar Ben-Gvir, descarriló la estrategia de su propio gobierno y su enorme aparato de hasbará, de propaganda. Y con eso, terminó por asegurar el éxito de la Flotilla Global Sumud, que una vez más intentó romper el bloqueo a Gaza.
Además de llevar suministros a la población de Gaza, la Flotilla intenta hacer dos cosas. La primera es llamar la atención del mundo sobre el genocidio, la limpieza étnica y el apartheid que perpetra Israel. La segunda es exhibir la brutalidad israelí de manera comparativa: si así trata a pacifistas de medio centenar de países a los que asalta y secuestra en aguas internacionales, ¿cómo se comporta con los palestinos?
Ante la Flotilla de la primavera de 2026, Israel desplegó una estrategia con tres ejes principales:
*Contener y reducir en lo posible la cobertura mediática sobre la Flotilla, para que pase ignorada;
*Ridiculizar y banalizar el esfuerzo de los navegantes como un paseo festivo de muchachos mal educados en busca de sexo y diversión;
*Simular que las fuerzas de élite que los interceptaron en alta mar, los secuestraron, golpearon y torturaron, les daban un trato tan amable que los sumudnautas se divertían haciendo gimnasia en el barco prisión.
Pero los intereses de Ben Gvir eran otros: la coalición de Netanyahu tiene graves conflictos internos, habrá elecciones en septiembre o más tardar en octubre, y los partidos ya están en modo electoral. Ben Gvir trata de mostrarse como duro entre los duros con los enemigos de Israel para ganar el voto del sector más extremista.
Los líderes israelíes no pudieron controlar a Ben Gvir pero ellos tampoco se contuvieron y terminaron ayudando a exhibir sus verdaderos propósitos: sus regaños públicos se centraron no en el intolerable abuso cometido por los agentes israelíes contra personas que no habían cometido delito alguno, que no presentaban una resistencia violenta y que se encontraban bajo su custodia, sino en el daño a la imagen de Israel.
Ni siquiera pidieron su renuncia.
El repudio fue generalizado entre países occidentales y musulmanes, incluidos aliados de Israel, que, salvo algunas excepciones (como México y Argentina), expresaron su condena y llamaron a rendir explicaciones a los embajadores israelíes.
Así, la Flotilla Global Sumud logró la visibilidad que parecía que en esta ocasión quedaba lejos de su alcance, evidenciando la brutalidad israelí. No solo eso: también la falta de escrúpulos de la práctica totalidad de su clase política, pues el líder de la oposición y sucesor en ciernes de Netanyahu, Naftali Bennett, también puso el acento en la imagen.
Ben Gvir les tiró la estrategia. Ellos acabaron de pisotearla.
En Israel, los moderados lo son porque se preocupan por la imagen, aunque no por el fondo
El 19 de mayo de 2026, en el asalto a las embarcaciones de la Flotilla, tenía un papel clave la estrategia de hasbará diseñada por el Ministerio de Relaciones Exteriores israelí. El corresponsal militar del canal Kan 11, Itay Blumental, reportó que la marina había desplegado fotógrafos junto a sus tropas durante el operativo. La unidad del vocero del ejército quería publicar imágenes que mostraran a los activistas siendo tratados con respeto, “para mostrarle al mundo” cómo se comportaban las fuerzas israelíes. Sin embargo, el Ministerio de Relaciones Exteriores vetó la publicación del material del ejército y en cambio “seleccionó cuidadosamente” qué imágenes y videos se difundirían.
Esta planificación previa es decisiva: Israel no capturó a los activistas para luego preocuparse por las imágenes. Capturó a los activistas mientras diseñaba simultáneamente su narrativa visual. El operativo y el relato eran una sola operación.
Ben Gvir lo desbarató todo.
En los videos que publicó, Ben Gvir aparece paseándose entre los detenidos —los sumudnautas con las manos atadas a la espalda, arrodillados con la frente pegada al suelo— ondeando una bandera israelí y diciéndoles: “Bienvenidos a Israel, nosotros somos los dueños de esta tierra”. En un segundo video dice que los activistas “llegaron aquí muy ufanos como grandes héroes; mírenlos ahora”, mientras pide a Netanyahu permiso para encarcelarlos. En otro momento, Ben Gvir les dice a los guardias que lo rodean “no se molesten con sus gritos”, mientras una mujer esposada que gritaba “Free Palestine” es inmediatamente empujada al suelo por personal de seguridad enmascarado.
La respuesta internacional fue inmediata. En pocas horas, Canadá, Francia, Italia, España, Portugal y los Países Bajos, entre otros, convocaron a los embajadores israelíes para exigir explicaciones por el trato a sus ciudadanos. Entre los detenidos, al menos 87 iniciaron una huelga de hambre en solidaridad con los más de 9 mil 500 presos palestinos en cárceles israelíes.
Los reproches israelíes, tanto del oficialismo como de la oposición, fueron unánimes en su lógica: Ben Gvir no cometió un error moral, cometió un error de relaciones públicas.
Netanyahu emitió su condena más cuidadosamente de lo que parece. Afirmó que “Israel tiene todo el derecho a detener flotillas provocadoras de simpatizantes terroristas de Hamás”, pero que las acciones de Ben Gvir “no están en línea con los valores y normas de Israel”. El operativo fue correcto; su exhibición, no.
Gideon Sa’ar, el canciller y responsable de la estrategia de propaganda, fue más explícito. Reprendió públicamente a Ben Gvir en X diciéndole: “conscientemente causaste daño a nuestro Estado en esta exhibición vergonzosa”. El daño del que habla Sa’ar no es el daño a los detenidos sino el daño al Estado. Sa’ar también le dijo: “No, tú no eres la cara de Israel”. Una declaración que, en su misma formulación, se preocupa por la cara de Israel, no por lo que Israel hace a sus prisioneros.
El embajador israelí en Estados Unidos, Yechiel Leiter, criticó el “imprudente exhibicionismo” de Ben Gvir, que no representa la política del gobierno israelí, y agregó: “Las payasadas de Ben Gvir le dan un mazazo a nuestros esfuerzos diplomáticos mientras los enemigos de Israel se regocijan con cada tontería desafortunada para desacreditar y demonizar”. La preocupación no es la mujer esposada que arrojaron al suelo: es el daño diplomático.
¿Y la oposición? Naftali Bennett, ex primer ministro y cabeza de la coalición opositora que puede devolverle el poder, ofreció la respuesta más elocuente porque fue la más programática. En una publicación en X, criticó a Ben Gvir por dañar la hasbará de Israel con sus berrinches en redes sociales, y propuso soluciones: una poderosa autoridad nacional de hasbará, gestión profesional del hasbará que reemplace a nombramientos políticos con expertos, una “sala de guerra de conciencia y tecnología”, la unificación de todos los esfuerzos privados de hasbará en una campaña nacional y una alianza internacional contra la desinformación. Bennett no está indignado por el trato a los detenidos. Su preocupación es que fue filmado y compartido.
Aquí está desnuda la lógica: ante la prueba visual de abusos contra activistas extranjeros, la respuesta del sector “moderado” de la política israelí es construir un aparato más sofisticado para controlar las imágenes, no detener los abusos.
El patrón: Sde Teiman y el precedente de 2024
Este no es un fenómeno nuevo. El caso Sde Teiman, en agosto de 2024, siguió exactamente la misma lógica y en términos aún más crudos porque las víctimas eran palestinos, no ciudadanos europeos y estadounidenses.
Cuando un video que documentaba la violación sexual de un prisionero palestino en el centro de detención de Sde Teiman fue filtrado a los medios israelíes, la reacción del gobierno fue reveladora. Netanyahu declaró públicamente que la filtración del video era “el ataque de relaciones públicas más grave que Israel ha experimentado desde su fundación”, añadiendo que “causó un daño enorme a la reputación de Israel, al IDF, y a nuestros soldados”. No “el abuso más grave”: el ataque de PR más grave.
Para algunos, incluyendo el ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, la indignación se centró en el “crimen” de grabar el video, no en los actos que documentaba. Los manifestantes de extrema derecha, incluidos miembros de la Knesset, irrumpieron en las instalaciones para intentar impedir que los soldados sospechosos fueran detenidos para interrogación, mientras coreaban “vergüenza” y defendían a los soldados diciendo que estaban cumpliendo con su deber.
El desenlace completó el ciclo: en marzo de 2026, el ejército israelí retiró los cargos contra los cinco soldados acusados de torturar al preso palestino, en una decisión que Netanyahu celebró afirmando que “el Estado de Israel debe cazar a sus enemigos, no a sus propios heroicos combatientes”.
La fiscal general militar que filtró el video, en cambio, fue arrestada y enfrentó cargos de obstrucción a la justicia. El sistema castigó la transparencia, no el abuso.
El eje estratégico: la audiencia liberal estadounidense
Por qué importa tanto la imagen y no el abuso no es un misterio: tiene que ver con la arquitectura del apoyo político que sostiene a Israel, y en particular con el sector liberal de Estados Unidos, que es el eslabón más frágil de esa cadena.
El Instituto de Estudios de Seguridad Nacional de Israel documentó en septiembre de 2025 que el apoyo tradicional de los demócratas se había derrumbado, el de los republicanos se había erosionado, y la caída era más pronunciada entre los jóvenes de ambos partidos. Un sondeo de Gallup encontró que solo el 32% de los estadounidenses aprobaba las acciones militares israelíes en Gaza, y el 60% las desaprobaba.
Esta erosión tiene consecuencias materiales: el “consenso bipartidista” incondicional que Israel construyó durante décadas en el Congreso se volvió contencioso justamente entre demócratas moderados e independientes urbanos —exactamente el sector al que Israel necesita mantener para que el financiamiento y la cobertura diplomática de Washington no colapsen.
Analistas del Jerusalem Post señalan que Israel necesita argumentos, vocabularios y mensajeros completamente distintos para audiencias demócratas/liberales versus republicanas/conservadoras. Para un demócrata moderado que procesa una noticia sobre un ataque del IDF en Gaza, el ítem pasa por el prisma de daño, cuidado, equidad y proporcionalidad: cuántos civiles fueron afectados, qué dice el derecho humanitario, había alternativas razonables.
Es por eso que la flotilla Sumud era una operación diseñada específicamente para fracturar esa audiencia. Sus organizadores sabían que 430 activistas europeos y estadounidenses —incluida la hermana de la presidenta del Parlamento irlandés, ciudadanos italianos, españoles, canadienses— en manos del ejército israelí generarían imágenes que resonarían exactamente donde la hasbará israelí es más vulnerable. No eran palestinos anónimos; eran personas con pasaportes que sus gobiernos debían defender.
Expertos argumentaron que el frenético control de daños por parte de funcionarios israelíes, incluyendo la veloz orden de deportar a los activistas, no emergió del ultraje moral por los abusos, sino del catastrófico daño a la imagen global de Israel.
Israel: un consenso criminal
La lectura conjunta de estas reacciones revela un consenso que se dice en hebreo, no en inglés, y que permea en todos los partidos políticos israelíes, con excepción de los palestinos:
Los abusos son instrumentalmente aceptables —e incluso útiles, en la lógica disuasiva de Ben Gvir— siempre que ocurran sin documentación que los haga internacionalmente legibles.
El problema no es el abuso sino su visibilidad, que activa los mecanismos de escrutinio de las democracias occidentales y erosiona el apoyo liberal en Estados Unidos.
La solución no es detener los abusos sino mejorar el control de imágenes: los fotógrafos del ejército desplegados para mostrar “buen trato”, el veto del Ministerio de Exteriores sobre qué publicar, la propuesta de Bennett de una “sala de guerra de conciencia”. Todos operan en la misma lógica.
La diferencia entre Netanyahu y Bennett no es moral sino técnica: uno permite que Ben Gvir arruine la estrategia comunicacional; el otro propone profesionalizarla. Ninguno de los dos propone poner fin a las prácticas que generan las imágenes comprometedoras.
Ben Gvir, paradójicamente, es el único actor completamente coherente en este teatro: él dice que no hay nada que ocultar porque no cree haber hecho nada incorrecto. Sus colegas más “moderados” creen exactamente lo mismo, pero dicen que sí hay que ocultarlo porque entienden que el mundo —en particular el mundo liberal anglosajón— no comparte sus creencias. Su trabajo es administrar esa brecha hasta que ya no importe o hasta que la audiencia liberal haya sido convencida de que los palestinos no merecen los mismos derechos que el resto del mundo.
La Flotilla Sumud hizo ese trabajo más difícil. Ben Gvir, al filmarlo y publicarlo, hizo que fuera casi imposible de negar.

El inexplicable ataque en Bilbao quizás sí tenga explicación
Era el retorno a casa de seis personas que, al mismo tiempo, habían sido víctimas de un trauma, a partir de la brutalidad con que las habían tratado las fuerzas israelíes, y habían acometido una empresa heroica, asumiendo grandes riesgos en su intento de ayudar a una población sometida a genocidio.
En todos los aeropuertos, hasta donde se sabe, las autoridades aeroportuarias permitieron las recepciones sin que se registraran problemas. En el aeródromo barcelonés del Prat, donde simultáneamente llegó un grupo tres veces mayor, de 18 personas, todo transcurrió con tranquilidad. Pero la terminal de llegadas del aeropuerto de Loiu (Bilbao) se convirtió en el escenario de una agresión policial aparentemente inexplicable. ¿Por qué en un país, como el Estado español, que protestó enérgicamente por el maltrato israelí a sus ciudadanos y elevó su protesta al nivel diplomático?
El incidente comenzó la tarde del sábado 23 de mayo como un acto pacífico de bienvenida, donde decenas de familiares, allegados y colectivos solidarios esperaban a los activistas. La chispa fue un problema realmente menor, una discrepancia sobre el despeje de los accesos. En segundos, escaló hacia una violencia desmedida. La Ertzaintza (la policía autonómica vasca) desplegó una contundente carga, sacando las macanas y golpeando repetidamente a personas vulnerables que ya venían con secuelas físicas —dos de ellas con costillas rotas— y psicológicas de su detención por las fuerzas israelíes. El saldo final de la trifulca incluyó múltiples contusionados y cuatro personas detenidas, entre ellas dos de los propios activistas recién llegados.
El consejero de Seguridad del Gobierno Vasco, Bingen Zupiria, del Partido Nacionalista Vasco, lamentó los incidentes y asumió “en primera persona” la responsabilidad, anunciando una investigación interna de la Ertzaintza. Sin embargo, justificó la actuación policial al hablar de “obstrucción al paso de pasajeros”, “empujones”, “provocaciones” y comportamiento inadecuado de los manifestantes.
Esta versión choca con lo que muestran los videos, que no es una amenaza grave ni un bloqueo total, sino una acometida que no tiene proporción con el tamaño de las supuestas faltas, contra un grupo que celebraba el regreso de personas heridas y exhaustas. Organizaciones como Amnistía Internacional y la propia Flotilla han denunciado el uso excesivo de la fuerza contra activistas que, minutos antes, habían sido liberados de centros de detención israelíes.
A falta de información sólida, solo podemos aventurar respuestas a la pregunta de cómo se explica esa agresión. La más simple es que la Ertzaintza se vio desbordada y no pudo reaccionar con la mesura necesaria. Pero como dice este activista, no era algo nuevo para la policía y solo dos semanas antes habían tenido un evento similar en el mismo sitio, sin incidentes.
La otra es que se trató de un enfrentamiento provocado. Para entenderla, hay que tener en cuenta dos contextos:
El primero es el político: la derecha del Partido Popular y la ultraderecha de Vox, que han tomado el poder en municipios, provincias y comunidades en la mayor parte del territorio, están apostando a provocar el desgaste extremo de la frágil coalición del presidente Pedro Sánchez para asegurarse una victoria electoral arrasadora en 2027. Esto pasa por friccionar las relaciones de la coalición que gobierna la Comunidad Autónoma del País Vasco, formada por el PNV y el Partido Socialista Obrero Español, de Pedro Sánchez. La crítica a Israel es iniciativa de los socialistas pero no del derechista PNV.
El segundo son los estrechos vínculos que tienen las instituciones de seguridad vascas con Israel, como destacó el comunicado que la Flotilla Global Sumud publicó sobre estos eventos: lo ocurrido en ese aeropuerto, afirmó, “no es un caso aislado de mala gestión policial local”, sino “una escalofriante demostración de la represión global interconectada”. La organización denuncia que la Ertzaintza empleó “las mismas tácticas brutales normalizadas por las doctrinas de seguridad israelíes”.
Esta afirmación tiene base en una larga historia de colaboración. Durante décadas, el gobierno vasco ha mantenido contratos de formación, tecnología y asesoramiento con empresas de seguridad israelíes, algunas vinculadas a exagentes del Mossad o al aparato de ocupación.
Para empezar, los agentes de la Ertzaintza, como los que golpearon a los sumudnautas, son capacitados por empresas como Guardian Defense & Homeland Security, una compañía dirigida por un ex agente del Mossad, la cual ha suministrado adiestramiento con fuego real a la policía española.
Verint Systems, una compañía israelí que mantiene fuertes lazos con la inteligencia militar, se encarga del sistema de intercepción telefónica. La seguridad en algunas instalaciones es administrada por la compañía israelí ICTS.
En general, Israel mantiene vínculos con las fuerzas policiales de Europa a través de programas de formación en seguridad. Compañías como Israeli Tactical School, ISA Security Academy e International Protection Services, integradas por elementos del Shin Bet (policía secreta israel) promocionan sus programas de formación en “protección ejecutiva y contraterrorismo”, “contravigilancia” y “combate cuerpo a cuerpo”.
Los miembros de la Flotilla señalaron que las tácticas que emplearon contra ellos se parecen a las que vieron de las fuerzas israelíes: control rápido, uso de macanas y de dolorosas llaves para someter a las personas, y detenciones selectivas.
También notaron, como se puede ver en los videos, el desprecio con el que tratan los símbolos palestinos como khufiyas y banderas.
Es lo que ocurre cuando uno enfrenta a policías que simpatizan con Israel o son leales a él porque es el origen del entrenamiento que recibieron.
Estos dos contextos abren otra posibilidad: que agentes de Israel, que está enfrentado al gobierno de Sánchez y quisiera ver a sus aliados del PP y Vox en el poder, y que está acostumbrado a intervenir clandestinamente en procesos electorales en países extranjeros, estén detrás de este incidente, que además abona a su narrativa de que los palestinos y sus simpatizantes son salvajes que urge combatir.
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