Murió "El Padrino del Ciclismo" que recorrió el mundo más que nadie en dos ruedas: Heinz Stücke
Lo conocí en Kenia / De 1962 a 2013, viajó sin parar por todo el globo
¡En junio y julio!
¡Agradecimientos a nuevos suscriptores y a quienes renovaron su apoyo anual!
A Beatriz Rivas por volver a abrazarnos como mecenas destacada.
A Romeo García por volver a abrazarnos como mecenas destacado.
A Angélica Cervantes Alcayde por volver a abrazarnos como mecenas destacada.
A José Góngora por volver a abrazarnos como mecenas destacado.
A msl reflexiones por volver a abrazarnos como mecenas destacado.
A Rayén Burdiles por volver a abrazarnos como mecenas destacada.
A Maite Argüelles, Bere NuGon; Abu Alya, Gisela Herrerías Guerra y Gabriel Alvarado Lorenzo por sus nuevas suscripciones.
A Eugenio Tiselli, Daniel SamJim, María Quinn, Blanca RHFV, Irma Silva Franco; Primavera Téllez Girón, Ana Ávalos y Pablo Ramírez Obando por haber renovado sus suscripciones anuales.
¡Así como a toda la comunidad que mes a mes contribuye al proyecto!
¡Gracias por mantener este Mundo Abierto!
Participaciones semanales y redes:
Martes en #AstilleroInforma de 2 a 3 de la tarde, hora CDMX (GMT-6).
Y en Periodistas Unidos de 4.30 a 5.30 de la tarde.
Jueves en Rompeviento TV de 10 a 11 de la mañana.
Mundo Abierto en video
Acabamos de empezar a hacer comentarios en video, buscando qué acomoda mejor al proyecto. Búscalos en mis redes como @temoris:
México puede y debe ayudar a la Dra. Helen Bassem Hwaihi
Fue aceptada por universidad mexicana para seguir estudiando medicina
Embajada de México en Egipto le exige presentarse para pedir visa
No puede salir de Gaza sin visa
Exigen facilitar y priorizar su caso
Proponen abrir programa educativo mexicano para profesionales palestinos
Sigue en Instagram al colectivo De Gaza a México para futuras acciones de apoyo a la Dra. Hwaihi.
Mundo Abierto en video: Trump ordena que el ICE se investigue solo
Encuentra aquí este reportaje que escribí para Milenio: “El zorro vigila el gallinero”.
“Es una lástima que el tiempo se nos acabe, ¡cuando tenemos tanto por hacer!”
Muere “El Padrino del Ciclismo”, Heinz Stücke
Viajó alrededor del mundo en bicicleta, sin regresar a su natal Hövelhof (Alemania), de donde partió en 1962, durante 51 años. Siempre fue un viajero análogo, sin tarjeta de crédito ni teléfono celular, ni respondía emails. Hizo un último viaje a través de Canadá en 2016. Tenía 76 años y solo pudo pedalear 8 mil kilómetros. Murió este miércoles 22 de julio, a los 86.
Muchos van por el planeta en avión, barco, tren o en vehículos motorizados, sumando sellos en el pasaporte.
Nadie lo vio, escuchó, olió y tocó como Heinz, vuelta a vuelta.
Lo conocí por casualidad en Nairobi, Kenia, en enero de 2012, y pude pasar un rato con él. Escribí esta historia que el editor Salvador Frausto me publicó en la revista Domingo, antecedente de la actual Dominga.
La recupero para los lectores de Mundo Abierto:
Un ciclista del espacio y el tiempo
Por Témoris Grecko
Por Témoris Grecko / Nakuru, Kenia
El mayor viajero del mundo me estaba buscando conversación y yo trataba de ignorarlo. Eran las 4 de la mañana, habíamos llegado poco antes en el mismo vuelo al aeropuerto de Nairobi, yo no había dormido ni tenía ganas de hacer amigos, y además debía planear mis próximos movimientos para entrar al caótico centro de la capital de Kenia y salir de él, de forma que pudiera llegar ese mismo día a otra ciudad, Nakuru.
Había visto al pequeño hombre colocar sus cosas a un lado de mí en la cafetería y empezar a armar un vehículo de dos ruedas. Él también es el ciclista que más ha pedaleado en el planeta. Yo no lo había identificado ni apreciaba su desenfadada manera de dirigirse a una pareja de estadounidenses que estaba cerca, a desconocidos como si fueran viejos conocidos, y de tratar de involucrarme refiriéndose a mí con palabras sueltas como “este joven de la laptop” (joven 😆).
Mombasa Road, la carretera que lleva a Nairobi, tiene un problema nocturno de criminalidad y diurno de tráfico alucinante. Yo tenía que calcular con precisión el momento para recorrerla: antes de que empezara la locura vial pero después de las primeras luces, porque quería tomar el autobús interurbano de una de las compañías ubicadas en River Road, una zona de movimiento intenso y muchos asaltos.
Estornudé. “Gesundheit!”, deseó amablemente el viejo. “Danke sehr”, agradecí en modo automático. “¡Oh! ¿Hablas alemán?” “Un poco”, respondí. Así caí en su red. Una vez que ese tipo dicharachero ha conectado contigo, no puedes quitártelo de encima. Tampoco quieres hacerlo porque te empieza a interesar lo que te cuenta. Con muy buen humor, de manera que a veces semeja un suave arroyo y otras un torrente que desborda el cauce, aspectos y detalles de su inmensa experiencia corren hacia ti. En pocos minutos se van colando anécdotas que reviven en primera persona el tsunami del Índico de 2004 y la independencia de Argelia en 1962, el movimiento estudiantil de México en 1968 y el golpe de Estado contra Mijaíl Gorbachov en la Unión Soviética, en 1991. Y trasciende la sensación de un esfuerzo invaluable, tenaz y abrumador, sostenido a lo largo de lo que dentro de 10 meses [noviembre de 2012] serán cincuenta años de pedaleo ininterrumpido.
“Salí de casa en 1962 y no he regresado”, comentó con eco rutinario. ¿Cuántas miles de veces no lo ha dicho ya? En su último conteo de fines de 2010, solo los kilómetros que había pedaleado (no cuenta los recorridos en otros medios de transporte) eran 629 mil, en 195 países y 78 territorios. Es decir, en todas las naciones del globo, que completó ya en 1996. Dice que desde entonces, hace casi 16 años, dejó de gozar la experiencia de conocer un nuevo país, pero por suerte, hace unos meses, en junio de 2011, Sudán del Sur proclamó su independencia. Por eso tuve la gran fortuna de encontrarlo: a sus 71 años, Heinz empezaba en Kenia su ruta en bicicleta a través de Uganda hacia Juba, capital del nuevo Estado soberano.
“Es una lástima que el tiempo se nos acabe”, resintió. La vida es un lujo que nos será inevitablemente arrebatado. Era claro que la aprovechaba mejor que cualquiera de nosotros.
¿Qué haría después? “No hay un país en África al que no haya ido. Tendrán que ser algunos que ya visité… para poder llegar al Atlántico y ver cómo cruzar a la isla de Santa Helena, donde murió Napoleón. ¿Por dónde crees que debería ir?” ¿Cómo me preguntaba eso a mí, viajerito insignificante? Ya era obvio que estaba conversando con una leyenda de verdad, con un gigante que —con lo que deben ser algo más de 1.60 metros de estatura y una complexión normal— dista del estereotipo del deportista alemán, pero que con persistencia le ha dado vueltas y más vueltas a la Tierra.
Era el inmenso Heinz Stücke. “O dime Quique Pedacitos”, tradujo su propio nombre al castellano.
Conquistas de invierno
Era la tercera vez que golpeaban mi puerta. Las dos veces anteriores, personal de servicio lo había hecho por error. Y yo quería seguir durmiendo. “¿Quién es?”, aullé. “¡Dejaste cerrado!”, respondió un hombre en inglés. “¡Te equivocaste de cuarto!”, reclamé. “¡Ja ja! ¡Debo haberte sorprendido en el baño!”
Sólo entonces reconocí la voz. Me vestí en instantes y corrí a la recepción del Carnation, un hotel de Nakuru. Seis o siete personas rodeaban a ese viejo mzungu (hombre blanco) que había entrado con su bicicleta cargada de equipaje, con una camiseta de color naranja inscrita en catalán y una gorra verde, que les hacía bromas y les aseguraba que sí, que el mexicano que buscaba era de verdad, no de telenovela.
Yo ya casi había abandonado la esperanza de verlo otra vez. Aquella madrugada en el aeropuerto de Nairobi me había dicho que tenía la intención de salir de inmediato de la capital y que, como Nakuru estaba en la ruta hacia Uganda, se detendría a invitarme una cerveza. “¿A qué distancia está ese sitio?”, había preguntado. Casi 200 kilómetros. “Espérame ahí mañana por la noche”.
No había llegado. Ni el día siguiente. Después explicó que Mombasa Road le había pasado factura: no había querido salir antes de que amaneciera, por el temor a ser atropellado en la oscuridad. Ese riesgo, sin embargo, era tal vez menor que el de transitarla en la hora pico, después de las seis de la mañana. En Kenia no hay sistemas de control de gases vehiculares y las viejas máquinas despiden un smog denso, altamente cargado de plomo. “Me sentí enfermo y tuve que descansar en Nairobi”.
Había sobrevivido a esa carretera brutal, de cualquier manera. Como a tantos otros lugares extremos, en los que no había logrado imponerse montando su bicicleta, sino empujándola: así recorrió 474 kilómetros entre Leh y Manali, en el Himalaya indio, alcanzando su propio récord de altura, 5360 metros, en 1976, y superó las enormes dunas al cruzar el desierto del Sáhara, en 57 días de mayo y junio de 1985, de Agadez (Níger) al Mediterráneo.
Sus logros son tantos que a uno no le alcanza el tiempo para detenerse a valorarlos. Uno de los que más me impactó es reciente, de 2008. Era noviembre y Heinz había llegado a París, con el invierno encima. “Al hacer mis cálculos de distancia recorrida, me di cuenta de que me faltaban solo unos 2 mil kilómetros para que ese fuera el mejor de todos mis años de ciclismo”, recordó. Se lanzó así a un periplo europeo que culminó en la noche de Navidad, que pasó sin compañía en su tienda de campaña en Puzta, Hungría, a 15 grados bajo cero. “En realidad, no me hacía falta hacer ese último recorrido pero así lo quise”.
Fueron 21 mil 695 kilómetros en 2008. Casi el doble que el año anterior (13 mil 045; su “mínimo anual” son 12 mil kilómetros). Ese pequeño hombre, al que no le importaba que le hubieran servido una Guiness al tiempo (“una buena cerveza se puede tomar siempre; las malas tienen que estar bien frías”) en el restaurante del Carnation, era alguien que al cumplir 68 años se había propuesto llevar a cabo una proeza más grande que todas las que había realizado en sus tiempos de juventud.
No importa la edad. Siempre nos queda tanto por hacer.
Demasiado ocupado para la TV
Naturalmente, Heinz se apasiona al hablar de bicicletas. Con el tono de quien se refiere a personas amadas. Se las han robado, como a todos nosotros. Nada menos que seis veces. Contra las reglas del amor, sin embargo, esas seis veces las ha recuperado.
En dos ocasiones, en Estados Unidos y en Gran Bretaña, gracias a la ayuda de la televisión. En Banaue, Filipinas, en 1988, “fue un misterio que la policía encontrara la bici en un pueblo a 50 kilómetros. El ladrón dijo que la había visto abandonada y se la había llevado para cuidarla, rompiendo el candado y otras cosas, y se atrevió a pedirme que lo recompensara por sus servicios”.(os otros casos fueron en Colombia, en Turquía y en Siberia).
Heinz fue fiel durante más de 40 años a su vieja bicicleta, de tres velocidades, sobre la que pedaleó unos 450 mil kilómetros. “Reemplacé la mayor parte de las partes móviles. A mediados de los 80, del aparato original sólo quedaban el marco y un par de cosas más”. En 2003, sin embargo, una compañía parisina lo sedujo con un vehículo 10 kilos más ligero, de 21 velocidades. Después, la empresa Bike Friday lo convenció de usar una de las suyas por un convenio de patrocinio. Y lo mismo ocurre con la de ahora, una pequeña Brompton.
En ella, lleva entre 40 y 50 kilos de equipaje con diarios, refacciones, herramientas, ropa, saco de dormir, tienda de campaña y unos pocos artículos de cocina.
En algunos países, es común que reciba invitaciones de alojamiento. Con frecuencia, claro está, debe pernoctar en el campo. Lo que puede no ser seguro. “Llego ya muy entrada la noche, cuando todos están durmiendo, y me levanto temprano, para evitar sorpresas”.
De esta forma, sus costos se reducen enormemente. “En los años 60, gastaba entre 50 y 75 centavos de dólar al día”, suelta en una carcajada. Otros tiempos. Hoy, dice, puede vivir con unos diez dólares por jornada, aunque las variaciones de país a país son inmensas.
En su juventud, trabajaba de cualquier cosa. Para moverse entre continentes, por ejemplo, se empleaba como marinero en barcos mercantes. A partir de 1992, ya con 30 años de viaje a cuestas, elaboró un folleto con fotos y letra muy pequeña donde comprime historias de sus viajes, y que vende cuando recorre países industrializados (en Japón le ha ido mejor que en ningún otro sitio). Por años, la compañía que manejó su colección de 80 mil imágenes le entregó entre 3 mil y 5 mil dólares anuales, y ya en la última década, ha gozado de algunos patrocinios.
Menos de los que podría obtener, estoy seguro. Deportistas con trayectorias y logros mucho menores que los de Heinz viven bastante bien, representando a compañías importantes. Entre 1995 y 1999, el Libro Guiness de los Récords le dio el de “viajes épicos”. Después se lo retiró, sin dar explicaciones. Heinz tampoco preguntó.
Le falta hacer relaciones públicas, dejar el manubrio y ponerse el saco de vestir. El apoyo de Brompton lo consiguió un amigo suyo de Barcelona, quien también desarrolló una página web muy sencilla. Un admirador desconocido le abrió un perfil en Facebook. Sería difícil que ellos pudieran hacerlo de la forma en que a Heinz le gustaría, sobre todo porque él no les da indicación alguna (y por lo mismo, el ciclista se queja del contenido).
Para que sus méritos siguieran siendo reconocidos por Guiness, Herr Stücke tendría que estar buscando a sus ejecutivos. La fama, que atrae los patrocinios, rara vez llega a quien la merece: hay que perseguirla. Y para eso, la meta de Heinz no debería ser recorrer más kilómetros, sino más estudios de televisión.
“El problema es que vivimos en una época en la que no importa lo que realmente se hace, sino salir en TV a hacer como que se hace”, dijo John, un kikuyu de unos 60 años que es el dueño del Carnation, y que se había sentado con nosotros a escuchar la conversación. Como ejemplo, puso el de un guapo joven que aparece en un programa matutino keniano a “dar clases” de yoga, y que siempre se despide de las señoras que lo ven con un “namaste”, como se hace en hindi. “Ése no pasó ni dos meses en un ashram (centro de aprendizaje espiritual) caro y se fue a Goa (un estado indio conocido por sus playas, su música electrónica y el uso liberal de drogas) a bailar, pero aquí la TV lo convirtió en la referencia del yoga. Nuestro amigo (Heinz) ha pasado 50 años pedaleando en bici. Otros han pasado cinco años apareciendo en TV y es a ellos a quienes la gente reconoce como los grandes aventureros”.
Bestias peligrosas
El lago Nakuru es uno de los sitios de Kenia que ofrece mejores oportunidades de observar la vida salvaje desde cerca. Heinz ya había estado allí, pero algo así como 200 años atrás, de manera que no le importó acompañarme a recorrerlo.
Lo primero que vimos fueron dos jóvenes leonas merendándose un pobre babuino. Una patita oscura se alzaba entre las dos fieras pardas, que se disputaban el bocado. “¿Te han perseguido fieras?”, quise saber. El catálogo de accidentes y sustos de Heinz es inmenso: desde un ataque de de guerrilleros zambianos hasta infortunios con policías, soldados y mercenarios.
Sin embargo, su experiencia ha sido la misma que hemos tenido otros viajeros en África: las bestias más temibles son las más pequeñas. El mosquito anófeles, transmisor de malaria. La mosca tse tse, que da el mal del sueño. Los microscópicos gusanos de río que te provocan bilharziosis. Los muchos tipos de bicho invisible que destruyen tus órganos internos, del intestino al cerebro. Las abejas son las que le erizan la piel a Heinz, tras haber padecido temibles ataques en Gambia y en Mozambique.
También lo han perseguido perros ovejeros, por kilómetros. “Y en venganza, yo me he lanzado detrás de camellos estúpidos”, se carcajea. “Si se salieran de la carretera a la arena, no podría seguirlos, pero son necios y corren delante de mí”.
Después de los insectos, sin embargo, su segundo temor son los grupos de niños. “¡No tienes idea de cuán malvados pueden ser!” Lo han apedreado, lo han mantenido despierto en la noche, le han arrojado líquidos… “Una vez perdí la cabeza y me fui sobre uno, lo zarandeé hasta que llegamos a su casa. Pero los adultos no están ahí para entender y pronto tuve que escapar a toda velocidad de la aldea”.
Fue una de tantas. Como en aquella ocasión en Cabilia, en la Argelia de 1963, recién independizada tras una guerra extremadamente sangrienta contra Francia. Los europeos no eran muy populares ahí en esos días. “Eran las tres de la mañana y encontré una pequeña mezquita blanca en un pueblo, con la puerta abierta y el piso cubierto con alfombras. No lo pensé mucho, tendí mi saco de dormir y bloqueé la entrada. Muy temprano, escuché ruido y, por un hoyo, vi a mucha gente fuera. Un anciano golpeaba la puerta. No supe qué hacer y sólo se me ocurrió subirme a la bici, abrir la puerta de un golpe y salir a toda velocidad. No sé qué esperaban ver, pero no algo como esto y antes de que pudieran moverse, yo ya corría por la carretera”.
Saltos en el espacio y el tiempo
Cuando Heinz preguntaba por mis viajes, yo buscaba evasivas: ¿qué podía contarle a él? Hasta que fue muy directo. “Doy por hecho que ya has dado más de una vuelta al mundo”, soltó como quien habla de viajecitos fin de semana. “Estoy haciendo la tercera”. “Bien. ¿Y cuántos países conoces? Era nuestro último desayuno juntos. Un omelette seco, café aguado, pan con mantequilla. Me sentía incómodo y además me parecía mucho decir que “conocía” tal lugar. ¿Cuánto tiempo se necesita para “conocer” una nación? Miré mi café como si estuviera bueno y me puse a contar las motas de polvo de leche que flotaban en él.
Algo le había llamado la atención: “¿Desde cuándo viajan tanto los latinoamericanos?” En sus centenas de miles de kilómetros, el ciclista alemán solía encontrar a gente del puñado de nacionalidades que recorrieron el mundo en el par de siglos anteriores: sus compatriotas, ingleses, franceses, estadounidenses… también irlandeses y australianos.
¿Latinos? Cosa rara. El siglo XXI ha traído cambios, por fortuna. En Irán, las restricciones para conceder visas a pasaportes de Gran Bretaña y Estados Unidos tienen el inesperado efecto de permitir que se note más la presencia de ciudadanos de países menos comunes. Le conté que en el hotel Silk Road de la ardiente ciudad de Yazd, en Irán, había coincidido con brasileños, polacos, colombianos, argentinos, tailandeses, pakistaníes, neozelandeses, indios y chinos, e incluso un africano.
Entendí que lo que él quería de mí no era una cifra, sino una especie de resumen ejecutivo de experiencias de viaje. Mencioné velozmente recorridos por grandes desiertos del centro de Asia, el norte de México y el corazón de Australia. Lo estaba malinterpretando: “Háblame de la gente especial que has conocido”, pidió. Los viajeros que él encuentra enlistan sitios. Heinz necesitaba saber de personas.
Le conté de predicadores de Al Qaeda en Níger, de chicas Gucci que enfrentaban al gas lacrimógeno en Teherán, de un combatiente libio con el que corría como gallina tonta para escondernos de los bombardeos en Ras Lanuf y de un obispo español que reconstruye las vidas de niños mutilados en Camboya.
Pareció interesado. “Muchas veces comparto ruta con ciclistas que pasan por los lugares sin enterarse de lo que ocurre”, comentó, “sólo miran. Tú tienes que aprender y, si puedes, también entender. Eso es algo que echo en falta”.
Cuando pienso en usar un solo adjetivo para describir las conversaciones con Heinz, el de “fascinante” trata de fundirse con el de “alucinante”. Suelo encontrar grupos de viajeros que intercambian información regional: en Damasco se habla de Turquía y Egipto; en Phnom Penh, de Vietnam y Malasia. Con este ciclista alemán, en cambio, en 15 minutos me llevaba por Alaska, Tahití, la Patagonia y Siberia.
Los enormes saltos no solo eran espaciales, además. Eran temporales. Heinz Stücke ha atestiguado personalmente el último medio siglo de acontecimientos en una enorme cantidad de sitios. Poco antes de su caída, el emperador etíope Haile Selassie le donó dinero a un joven Heinz para que continuara su viaje. En 1980, estuvo en la ceremonia de fundación del nuevo Zimbabwe, en el estadio nacional de ese país, con presidentes, reyes y Bob Marley. “La gente no cabía”, recuerda, “y cuando afuera la policía trataba de dispersar a los que trataban de entrar, el viento nos trajo los gases lacrimógenos y los grandes dignatarios de África y Europa se pusieron a llorar”.
Si hay dos asignaturas que siempre me han fascinado, ésas son la geografía y la historia: pónganme un mapa enfrente o una crónica del siglo XIX, y me perderán. Imaginen mi emoción sentado ahí, hurgando en los ojos del viejo Heinz que brillaban abriéndome ríos y cordilleras y ciudades y personas y cambios y países desaparecidos y naciones nuevas…
Quiero pensar que mis preguntas y comentarios iban más allá de los que él solía escuchar, que no le estaba leyendo el menú de cada día y que se sentía de alguna forma comprendido por alguien que, si bien distaba de ser un igual, al menos podía recordarle aspectos de sí mismo 30 años atrás.
Si esto ocurría de alguna forma, no dijo nada. Lo que señaló, en cambio, fue la diferencia de nuestras formas de recorrer el mundo. Ama la historia, por supuesto, pero con frecuencia la percibe como una amenaza. “Yo tengo que proteger el viaje”, dijo. “No voy buscando la historia. Cuando me ha alcanzado y ha puesto en peligro el viaje, he tenido que huir de ella”.
Eso me hizo pensar que el movimiento de fuga (en ciclismo) no es lo suyo, porque la historia parece haberlo atrapado en cada oportunidad. Obviamente, me guardé mi docta opinión.
Tanto por hacer
¿Y qué es lo que busca Heinz? No sé si él lo sabe. O si le parece que la pregunta tiene sentido. En noviembre de 1962, a los 22 años, decidió marcharse de su natal Hövelhof por dos razones: ya había realizado largos viajes en bicicleta por Europa y le había gustado; y ya que se había formado como obrero metalúrgico, rechazaba la idea de “pasar el resto de mi vida haciendo algo que no me importaba, solo por vivir”.
Se fue sin un objetivo determinado. El tiempo pasó, con él postergando el momento de regresar a casa. Así se hicieron 15 años. Heinz había regresado a Europa Central, pero había pasado cerca de las fronteras de su país sin cruzarlas, rodeando Alemania. En 1977, su padre y miembros de su familia se reunieron con él en Holanda, a 200 kilómetros de su ciudad, durante un fin de semana. “Y después se fueron, tenían que trabajar, como todo el mundo. Comprendí entonces que yo no volvería a Hövelhof”.
Se propuso visitar todos los países del mundo. Lo logró en Seychelles, en 1996. Poco antes se había enamorado de una bielorrusa, la única mujer importante en su vida, con la que duró ocho años. En 2000, ella se casó con otro hombre. Se veían pocas veces. “Mi vida se sintió vacía… pero los viajes son los que la llenan”, reflexionó Heinz. Algunos pensarán que es absurdo, porque solo encuentran sentido en acumular dinero, o en relaciones sexuales, o en poder. Yo busco personas que luchan por sueños”.
El ciclista necesita caminos. El problema es encontrar a dónde ir. La independencia de Sudán del Sur le dio a Heinz un objetivo. Que alcanzaría rápidamente. ¿Y después? Extendió un mapa sobre la mesa y volvió a pedir mi opinión para definir una ruta de Juba al Atlántico. Tanzania. Zambia. Me atreví a sugerir que sonaba mejor evadir Katanga, aunque fuera necesario un rodeo. ¿Qué es un rodeo de 300 kilómetros para este gigante? Angola. De ahí, llegar de alguna manera a la isla Santa Helena. Regresar a Europa. “Tengo que escribir un libro”, concluyó.
Claro. Nos lo debe. Ya deberíamos tener varios tomos publicados. Y volúmenes de fotos. Difícilmente saldrá algo antes de que celebre sus 50 años en el camino. Y después… ¿será capaz de relajarse y quedarse tranquilo?
¿Para qué?
Las dos cenas que hicimos juntos se convirtieron en veladas con cerveza que terminaron por agotamiento. No el del viejo Heinz, ¡el mío! Me sabía muy mal dejarlo sin conversación, porque Heinz es un tipo muy sociable y alegre que pasa muchas, muchas noches solo, escuchando el viento y las bestias que lo olisquean a centímetros de su rostro, a través de la delgada tela de su tienda de campaña.
El 11 de enero, cumplió 72 años. Aunque su energía no declina, es consciente, por supuesto, de la dictadura que padecemos todos los seres vivos. Salimos del Carnation y Heinz montó su pequeña bicicleta. Echó a andar. “Es una lástima que el tiempo se nos acabe”, me había dicho, “¡cuando tenemos tanto por hacer!”
Es un pensamiento que me angustiaba de tanto en tanto. Envejecer. Debilitarme. Ser incapaz de sostener mis propias mochilas. Y soy treinta años más joven que él. Eso ya no me preocupa más. Heinz hizo un círculo en la esquina, para agitar la mano y la carcajada, antes de desaparecer de mi vista. Le queda mucho camino por pedalear.
La página www.heinzstucke.com ya no está disponible pero puedes visitar la página de Facebook aquí.
¡Gracias por acompañarme hasta aquí!
La mayor parte del contenido de Mundo Abierto es de acceso libre para todo el mundo porque el objetivo principal es compartir la información y el análisis.
Esto solo es posible con el apoyo de los suscriptores de pago que sostienen el proyecto por una pequeña cantidad mensual.
Agradezco a quienes se han comprometido con una suscripción de pago, en particular al Patrocinio Destacado de:
💛💜 Beatriz Rivas Ochoa 💛💜
💛💜 Romeo García 💛💜
💛💜 Angélica Cervantes Alcayde 💛💜
💛💜 José Góngora 💛💜
💛💜 mslreflexiones 💛💜
💛💜 Rayén Burdiles 💛💜
💛💜 Daniel Giménez Cacho 💛💜
💛💜 Martha Barbiaux 💛💜
💛💜 Ximena Santaolalla Abdó 💛💜
💛💜 Juan Daniel Castro 💛💜
Vías de pago alternativas o donaciones:
Transferencia (por favor, avísanos a ojosdeperromx@gmail.com porque la mayor parte de las veces el banco no nos da el nombre de la persona):
Témoris Grecko Berumen Alegre
Banco BBVA (México)
Cuenta 1275656486
CLABE: 012 180 01275656486 4
Código SWIFT BCMRMXMMPYM
O vía Stripe (acepta tarjetas bancarias, Google Pay, Apple Pay y Oxxo)
(Para Stripe, puedes seguir este QR)
O vía Paypal (haz clic aquí paypal.me/temorisg )
Puedes encontrar nuestra cobertura de Líbano aquí.
Y nuestra serie de crónicas #DiarioDeHaití haciendo clic aquí.
Comparte. Recomienda. Comenta. Platica sobre lo que te interesó.
Sígueme en Instagram, X, Facebook, Tik Tok, YouTube, Threads, vía @temoris.
Suscríbete a Mundo Abierto gratis.
O si está en tus posibilidades actuales, toma o regala una suscripción de pago.






























