El “Gran Israel”: el sueño mesiánico que se va convirtiendo en proyecto de Estado
Homenaje al periodista Jorge Meléndez
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Con Paco Barrios El Mastuerzo, Xochihua Flora y Las Musas Sonideras.
Sábado 7 de marzo, 20 hrs. en el Salón Los Ángeles.
Entrada libre.
Presentaré “El oficio de resistir”, de Julieta Brambila
En la Feria del Libro de Coyoacán.
“Periodismo, poder y violencia en México”.
Viernes 13 de marzo, 19 hrs, Foro Miguel León Portilla.
La sólida consistencia de Netanyahu
Desde hace 30 años, no ha dejado de advertirnos que Irán está a punto de construir 250 bombas nucleares.
Más que Reino Unido.
También dijo que Saddam Hussein en Irak estaba cerca de poner una bomba nuclear en Nueva York.
El “Gran Israel”: el sueño mesiánico que se vuelve proyecto de Estado
Por Témoris Grecko
El juego se ha abierto. Esta última ronda de violencia, iniciada sin provocación ni siquiera un intento coherente de justificación contra Irán y luego contra Líbano, no beneficiará a Estados Unidos ni a Donald Trump, que sigue cayendo en popularidad y enfrenta una fuerte crítica desde la oposición pero también desde su movimiento MAGA. Pocas veces ha quedado tan claro como en esta que, como señalan desde países árabes aliados a Washington, el perro gringo no mueve la cola sino es la cola israelí la que mueve al perro.
En el mediano o largo plazo, el Estado de Israel seguirá sufriendo una grave descomposición política y social interna. Pero por lo pronto, quien espera obtener réditos políticos es Netanyahu, que iba abajo en las encuestas hacia las elecciones de octubre, que podrá adelantar si, como pretende, con estas ofensivas agitar el nacionalismo le sirve para recuperar terreno.
A nivel geopolítico, queda claro que lo que antes era considerado una idea peligrosa, propia de fanáticos mesiánicos, la del Gran Israel bíblico, ha pasado a ser considerada deseable e incluso posible, y las decisiones que se están tomando con la lógica de establecer un colchón defensivo —robando territorio de Siria y Líbano y consolidando el despojo en Cisjordania y Gaza— se convierten también en pasos de una expansión territorial que aspira a no detenerse sin llegar a las fronteras que, en su mitología, les otorgó dios mismo:
Del río Nilo al Éufrates, anexionando partes de Egipto, Turquía, Irak, Saudi y Kuwait, y todo lo que está en medio: Siria y Líbano y Jordania enteros.
Esto solía ser un sueño de opio. Al perpetrar un genocidio y bombardear Irán, Líbano, Siria, Yemen y Qatar sin que nadie los detenga, todo parece alcanzable.
Que se apropien de toda la región, dice el embajador
Los dirigentes israelíes con mayor proyección hacia Occidente, empezando por el primer ministro Netanyahu, suelen manejar dos discursos, uno en inglés, más moderado para no asustar a las buenas conciencias anglosajonas y europeas, y otro en hebreo, más radical para sus bases sociales en Israel.
Como si no fuera posible traducir con un click, los líderes de las potencias que los apoyan solo escuchan lo que dicen en inglés, como si lo afirmado en hebreo no pudiera constar en actas.
El 20 de febrero, sin embargo, las cosas se hablaron con claridad en inglés. No se debe a los israelíes, sino a su embajador estadounidense Mike Huckabee. Oficialmente, es el embajador de EEUU en Israel pero, como hizo notar el periodista que lo entrevistó, Huckabee y sus antecesores suelen comportarse como representantes de Israel, Washington suele escogerlos así.
Y lo que dijo, con desparpajada franqueza, terminó de darle autoridad —el sello de aprobación de Estados Unidos— a un discurso que estaba ganando centralidad en el sionismo y que ya no se podía ocultar.
Hay que hacer un pausa aquí para señalar que el entrevistador es uno de los más influyentes voceros de la extrema derecha, Tucker Carlson. Alguien que atiza el odio a los migrantes, a las personas no blancas, a los homosexuales, que se opone a los derechos de las mujeres y más.
Pero representa al sector del movimiento MAGA de Donald Trump más ortodoxo, el que se toma en serio la consigna de “America First” y está alarmado porque Trump pone a Estados Unidos en segundo lugar al priorizar la agenda de Netanyahu e invertir decenas de miles de millones de dólares en materializarla, mandando a morir a los jóvenes de su país.
En este clip, Carlson presiona a Huckabee (un pastor del sionismo cristiano) para que reconozca que no puede explicar por qué personas y familias europeas (como la de quien llama BB, Benjamin Netanyahu) tienen derecho a la tierra de Palestina y la gente que lleva generaciones en Palestina no. El embajador dice no entender.
Pero esta parte fue la que realmente cambió el estatus del proyecto del Gran Israel:
En referencia a Asia Occidental, Tucker emplea el concepto colonialista “Oriente Medio” para expresar que, según el mito, todo eso corresponde a Israel por derecho divino.
“Estaría bien que se la apropiaran toda”, aseveró el embajador de Estados Unidos.
De la marginalidad a la centralidad
La idea del “Gran Israel” fue durante mucho tiempo el estandarte de figuras como el fundador del movimiento sionista judío (el sionismo cristiano es varios siglos previo) Theodor Herzl y, más tarde, de Ze’ev Jabotinsky y las milicias del Irgun, que conformaban el ala de extrema derecha del sionismo, la misma que ahora está en el poder.
Aunque el primer ministro fundador de Israel en 1948, el laborista David Ben-Gurión, había prometido extenderse (“después de la formación de un gran ejército, a partir del establecimiento del Estado, aboliremos la partición y nos expandiremos a la totalidad de Palestina”, refiriéndose también al territorio de Jordania), se consideró que la consolidación era más importante que luchar por fronteras prolongadas que habrían sido demográficamente inmanejables, diplomáticamente insostenibles y difíciles de defender.
Durante las primeras décadas, los partidarios del Gran Israel eran vistos con recelo y a menudo desdeñados como fanáticos que ponían en riesgo la supervivencia del proyecto sionista secular. Incluso tras la Guerra de los Seis Días en 1967, cuando la conquista militar de Cisjordania, Gaza, los Altos del Golán y la península del Sinaí reavivó el fervor religioso, el mainstream político israelí mantuvo la narrativa de que estos territorios eran “monedas de cambio” para una paz futura.
Pero el éxito de esa ofensiva militar también reavivó el sueño de grandiosidad y dio origen, en 1974, a Gush Emunim (“bloque de los fieles”), un movimiento ultraderechista, religioso y mesiánico de colonización de los territorios ocupados para no devolverlos nunca y avanzar en la toma en su totalidad de la tierra prometida.
“La promesa de dios a los judíos es el Israel bíblico, que tiene 3 mil kilómetros de territorio y tenemos parte de Siria, Irak, Arabia Saudí”: Daniella Weiss, líder del movimiento de colonos.
El liderazgo político siguió operando bajo una lógica de seguridad nacional pragmática en lugar de mandatos bíblicos, hasta que Netanyahu, para sostenerse en el poder, se vio en la necesidad de construir coaliciones de supervivencia con los herederos ideológicos de Gush Emunim. Bezalel Smotrich e Itamar Ben-Gvir eran vistos como fanáticos peligrosos incluso desde la derecha gobernante, pero al incorporarlos al gabinete en 2022 (como ministros de Finanzas a cargo de Cisjordania, y de Seguridad, respectivamente), Netanyahu no solo les otorgó legitimidad, sino que les cedió las palancas del poder policiaco y administrativo sobre los palestinos.
Después vino la ofensiva sorpresa de Hamás de octubre de 2023 y la operación Espadas de Hierro, con una radicalización de la opinión pública y del discurso político israelíes que sacaron al mesianismo de la marginalidad y pusieron el proyecto del Gran Israel en la mesa, como algo que merecía ser discutido con seriedad.
Nada de lo que ha hecho el gobierno israelí desde entonces, atacar a quien sea, ignorar acuerdos firmados, burlarse de la legalidad internacional, desobedecer a la Corte Internacional de Justicia y, por supuesto, el genocidio, le ha acarreado costos inmediatos a Netanyahu y los suyos.
Israel siente que puede hacer lo que desee y salirse con la suya. Como amenazar a todos sus vecinos con deglutirlos en un Gran Israel.
El imperialismo de Israel, criticado desde las comunidades judías
Aunque los sionistas lo plantean como una aspiración compartida por todos los pueblos judíos, en realidad la crítica más sólida y consistente proviene de sectores tan variados como rabinos, académicos y pensadores judíos antisionistas que alzan la voz y se movilizan para denunciar lo que consideran una “catástrofe moral” y una traición a los valores fundamentales del judaísmo.
Por ejemplo, el rabino Brant Rosen, de Evanston, Illinois:
“Debemos afirmar sin vacilación que la voz de Dios nos habla cada vez que la Torá nos exhorta a buscar la justicia, a apoyar a los oprimidos, a denunciar al opresor y a afirmar los valores universales de dignidad para todos los habitantes de la tierra.
El pueblo judío se vio profundamente imbuido de un excepcionalismo religioso que consideraba cada vez más a la nación judía como el pueblo exclusivamente elegido por Dios. No podemos ni debemos pasar por alto aspectos de la tradición judía que expresan una creencia decididamente xenófoba en la superioridad judía sobre otros pueblos y tradiciones religiosas.
Una voz que afirma reclamos de superioridad teológica en nombre de un solo pueblo no puede ser la voz de Dios. Una voz que asevera que la palabra de Dios a la humanidad fue otorgada exclusivamente a los hijos de Abraham no puede ser la voz de Dios... El Estado de Israel es ahora la encarnación viva del judaísmo como imperio”.
Igualmente, Peter Beinart, director de la revista Jewish Currents, un pensador al que la realidad empujó de la defensa de Israel —del que era una referencia— a la oposición al mismo, dijo en 2025:
“Lo que Israel ha hecho en Gaza es la profanación más profunda de la idea central del valor absoluto e infinito de cada ser humano... Ahora, el sionismo en forma de etnonacionalismo judío corre el riesgo de tragarse al judaísmo o volverse tan enredado con él que no se puedan distinguir”.
O el rabino y profesor de filosofía judía Shaul Magid, en 2025:
“Creo que Israel es ahora un Estado de colonos. Los israelíes progresistas de izquierda están tratando de resistirlo, pero la ideología que dirige el Estado es la ideología de los colonos... una fusión del sionismo secular de derecha y el sionismo religioso mesiánico”.
El liberalismo israelí se acoge a la Biblia
Sin embargo, un factor fundamental en el desplazamiento a la centralidad del proyecto del Gran Israel es el apoyo de sectores clave en la administración de los Estados Unidos, que impulsaron el nombramiento de alguien como Mike Huckabee como embajador en Israel. Como exponente del sionismo cristiano, no basa su apoyo a Israel en el realismo político o el derecho internacional, sino en una interpretación escatológica del “destino manifiesto” judío.
En sus declaraciones más recientes, Huckabee calificó las fronteras de Israel como “artificiales y temporales”, enviando una señal inequívoca a los halcones israelíes: la era en la que EEUU presionaba a Israel para contenerse ha terminado. Esta postura ha envalentonado a los ministros de la coalición para presentar mapas de expansión territorial ante foros internacionales sin temor a represalias diplomáticas de Washington.
La influencia de Huckabee se ha traducido en hechos administrativos concretos, como la decisión de la embajada de los Estados Unidos de tratar los asentamientos en el Área C de Cisjordania (bajo administración y control israelí) como parte integrante de Israel para todos los fines diplomáticos y de servicios ciudadanos, eliminando la distinción legal entre el territorio soberano y el ocupado. Este cambio de política ha servido para validar la visión de que el Gran Israel es una meta alcanzable bajo la protección del poderío estadounidense, transformando un anhelo mesiánico en una opción de política exterior “viable”.
Una alarmante señal de que ya son solo Smotrich y Ben-Gvir los que promueven esa idea es que la oposición supestamente “moderada” o “centrista” ya lo hace también. En febrero, Yair Lapid, líder del partido liberal Yesh Atid y voz de la corriente secular, respondió a preguntas de un reportero sobre las declaraciones de Huckabee:
—La discusión es una discusión de seguridad. El hecho de que estemos en nuestra tierra ancestral… La postura de Yesh Atid es la siguiente: el sionismo se basa en la Biblia. Nuestro mandato sobre la tierra de Israel es bíblico. Las fronteras bíblicas de Israel son claras. También hay consideraciones de seguridad, de política y de tiempo. Estuvimos en el exilio durante 2000 años… no quieres todo este sermón, ¿verdad? Al menos no lo estabas esperando… La respuesta es: hay consideraciones prácticas aquí. Más allá de las consideraciones prácticas, creo que nuestro título de propiedad sobre la tierra de Israel es la Biblia, por lo tanto, las fronteras son las fronteras bíblicas.
—Espera, entonces, fundamentalmente, ¿la gran, gran tierra de Israel?
—Fundamentalmente, el gran, grande y vasto Israel, tanto como sea posible dentro de las limitaciones de la seguridad israelí y las consideraciones de la política israelí.
Al describir la Biblia como el “título de propiedad” exclusivo de los judíos sobre la región, Lapid borra la distinción entre el nacionalismo cívico y el mesianismo religioso que históricamente definía la política israelí.
Su apoyo a cualquier medida que garantice un “espacio vasto y seguro” para las futuras generaciones, independientemente de la soberanía nacional de los países vecinos, refleja una tendencia creciente en la sociedad israelí a creer que el Estado solo puede sobrevivir si se expande hasta sus límites históricos.
Este giro de Lapid no es solo una maniobra táctica para ganar votos de la derecha, sino el síntoma de una sociedad que ha concluido que el orden internacional basado en fronteras de 1967 ha colapsado irremediablemente.
Primer ministro Netanyahu (13 de agosto de 2025): “Estoy asumiendo una misión histórica y espiritual y estoy emocionalmente conectado con la visión del Gran Israel”.
Ministro de Finanzas Bezalel Smotrich (en el documental “Israel: Extremists In Power”): “Queremos un Estado judío cuyas fronteras se extiendan desde Jordania, Arabia Saudita y Egipto hasta Irak, Siria y Líbano. La tierra del Gran Israel debe tener un alcance extenso”.
Ministro Amichai Eliyahu (14 de octubre de 2024): “¿Queremos Judea y Samaria [Cisjordania]? ¿Queremos Siria? ¿Queremos Líbano? ¿Queremos Gaza?”, gritó a la multitud, que respondió con un entusiasta “Sí” a cada territorio que nombró. “Entonces tenemos que gritarlo”.
Expansión en marcha
El escenario de guerra total que Netanyahu y Trump desataron sobre Asia Occidental proporciona la cobertura necesaria para que las operaciones militares se alineen con los objetivos territoriales del Gran Israel. Israel justifica sus incursiones en los países vecinos como medidas defensivas para crear “colchones de seguridad”, pero la naturaleza de estas operaciones muestra que la intención es apoderarse de más territorio ajeno.
Tras el inicio de los ataques contra Irán, Israel lanzó una ofensiva a gran escala en el sur del Líbano con el objetivo declarado de establecer una zona de amortiguamiento hasta el Río Litani. Aunque el Ministerio de Defensa insiste en que se trata de una medida táctica, el uso de términos como “controlar, mantener y asegurar” por parte de los comandantes militares indican ocupación prolongada.
El Río Litani ha sido históricamente un hito en las aspiraciones territoriales del sionismo revisionista debido a su importancia hídrica y estratégica. Israel está invadiendo el área en rojo. En el contexto actual, establecer una línea de control en el río no solo empuja las capacidades de fuego del enemigo fuera de alcance, sino que crea la “profundidad táctica” que los proponentes del Gran Israel consideran esencial para la supervivencia nacional.
En Siria, la caída del régimen de Bashar al-Ássad en 2024 y la subsiguiente fragmentación de Siria han permitido a Israel expandir su presencia más allá del territorio sirio que ocupa en los Altos del Golán y plantearse la imposición de una zona “autónoma” pero bajo su control para la minoría drusa en territorio sirio.
Bajo el pretexto de evitar que grupos extremistas ocupen el vacío de poder, las FDI han avanzado posiciones en la región del Bashan y en agosto de 2025, grupos de israelíes cruzaron la frontera siria para establecer “nuevas comunidades” en la zona de Bashan, en lo que denominan Nave HaBashan, reclamando que estas tierras fueron la herencia ancestral de las tribus de Israel en tiempos del Rey David.
Estas maniobras en Siria son el ejemplo más claro de cómo la doctrina israelí de la “periferia defensiva” se está revelando como colonización directa. Los asentamientos en el Bashan no se presentan como bases militares temporales, sino como el retorno de una población nativa a su tierra histórica.
Igualmente, en los territorios palestinos, la máscara de la “ocupación temporal” ha caído por completo. En Gaza, tras las campañas militares de 2024 y 2025 que han dejado la infraestructura en ruinas, el discurso del gabinete israelí se ha desplazado hacia el reasentamiento judío y la “emigración voluntaria” de la población palestina, un eufemismo para limpieza étnica.
En Cisjordania, el proceso es aún más institucional. El ministro Smotrich encabeza un trasvase masivo de competencias administrativas de los comandantes militares a oficiales civiles subordinados directamente a él, mientras protege la campaña de expulsión de palestinos que llevan a cabo grupos de colonos con respaldo militar.
Fragmenta y vencerás
En un nivel más amplio, se enfocan en convertirse en el mayor poder de la región, utilizando el poder estadounidense para ganar tal superioridad sobre sus vecinos que nadie lo pueda desafiar.
Para que la construcción a mediano o largo plazo del Gran Israel sea viable, Israel debe operar en un entorno donde no existan estados capaces de proyectar poder. La estrategia israelí en 2026 se centra en la fragmentación y el debilitamiento de los estados cercanos mediante una política que busca la desarticulación de los centros de poder persa, turco y árabes.
El ataque masivo contra Irán es una apuesta de esta doctrina de hegemonía absoluta. Al asesinar no solo al líder supremo Jameneí, sino a decenas de líderes relevantes tanto del gobierno como de la oposición; alimentar las esperanzas de restituir la monarquía; y al mismo tiempo activar la resistencia armada kurda y posiblemente otras que también se basan en la identidad étnica o religiosa, Israel busca mucho más que eliminar una amenaza existencial: pretende fragmentar Irán en grupos internamente enemistados, la misma estrategia que sigue en Siria y en Líbano. Tan simple como divide y vencerás.
Lamentablemente, importantes organizaciones del pueblo kurdo, siempre negado y aplastado por sus vecinos, en su propia ambición de crear un Estado se han dejado utilizar por EEUU en Siria e Irak, y Washington dice que también lo apoyarán ahora en Irán. A pesar de que una y otra vez los ha traicionado (como comprobaron los kurdos en Siria no en uno de los mandatos de Trump sino en ambos).
Esta política se extiende también al uso de actores no estatales y movimientos secesionistas. Israel, junto con aliados estratégicos como Emiratos Árabes Unidos, fomenta la inestabilidad en Sudán, Yemen y Libia para asegurar que ninguna potencia regional pueda emerger y desafiar su primacía. En un nuevo gesto de desdén por la legalidad internacional, recientemente reconoció al gobierno separatista de Somalilandia, promoviendo la fractura de Somalia, Estado miembro de la ONU.
En este nuevo orden, Israel aspira a jugar el papel de árbitro supremo de la seguridad y la economía en una región balcanizada.
Ambiciones venenosas
En agosto de 2025, en el canal i24 de Israel, el entrevistador Sharon Gal le regaló a Netanyahu una pieza de joyería hecha por su esposa que representa al “Gran Israel”, describiéndola como “el mapa de la Tierra Prometida”. El primer ministro dijo que se identificaba “muy bien” con la misión de construirlo.
Para Gal y su mujer, aprovechar una entrevista periodística con un gobernante para hacer promoción personal fue un éxito de ventas.
Pero para Jordania y Egipto, los primeros países árabes que se aliaron con Israel pero cuyo territorio aparece cuyo territorio aparece anexionado, fue una amenaza que motivó su condena y exigencia de aclaraciones. En Ammán, el Palacio Real publicó en sus redes sociales que el Rey Abdullah reiteraba “el firme rechazo a las expresiones israelíes respecto a lo que se llama ‘la visión del Gran Israel’”.
Desde la caída del Imperio Otomano en 1919, las potencias occidentales e Israel han sabido explotar con éxito las divisiones internas de los árabes y los musulmanes. Con su ayuda, se han entronizado en el poder élites monárquicas y dictatoriales que tienen más interés en hacer negocios con Washington y Tel Aviv que en representar el deseo de sus pueblos.
Sin embargo, el crecimiento de las ideas mesiánicas y las maniobras bélicas israelíes han provocado un profundo impacto, alterando incluso las relaciones con aliados estratégicos de Israel.
Firmados en 2020 con la promesa de una paz cálida y prosperidad económica, los Acuerdos de Abraham de Tel Aviv con países árabes parecen en riesgo. Aunque los lazos de inteligencia y defensa persisten debido al temor compartido hacia Irán, la retórica del Gran Israel ha hecho que mantener una relación pública de amistad con Israel sea políticamente tóxico para líderes como los de Bahréin y Marruecos.
El mes pasado, una coalición de 14 países musulmanes —incluyendo potencias como Indonesia, Pakistán y Turquía, además de los aliados árabes tradicionales— emitió una condena sin precedentes contra el embajador Huckabee y el gobierno de Netanyahu. Emitieron un comunicado en el que califican las ambiciones expansionistas de Israel como una “amenaza grave a la estabilidad global” y reafirman que no tiene soberanía alguna sobre los territorios árabes ocupados. Lejos de normalizar sus relaciones, Israel está uniendo a países musulmanes que anteriormente estaban enfrentados entre sí.
El ascenso de la doctrina del Gran Israel de un sueño marginal a un proyecto compartido por oficialismo y oposición es una de las transformaciones más significativas del sionismo moderno. Impulsada por una coalición de fundamentalistas religiosos y oportunistas políticos, y validada por una facción radicalizada de la política estadounidense, esta visión busca redefinir la realidad regional mediante la fuerza bruta y la ingeniería demográfica.
Sin embargo, el éxito aparente de las maniobras militares en Líbano, Siria y Gaza enmascara una fragilidad estructural profunda. Al desmantelar el orden internacional y alienar a todos sus vecinos, Israel se está encerrando en una fortaleza de seguridad perpetua que requiere una movilización militar constante y una represión sistemática de millones de personas que ya llegó a genocidio.
La desarticulación de los poderes regionales puede haber eliminado amenazas inmediatas, pero ha sembrado las semillas de un resentimiento generacional que hace que la paz sea un horizonte cada vez más lejano.
El Gran Israel, en su intento de convertirse en una potencia imbatible desde el Nilo hasta el Éufrates, es una ambición venenosa: Israel se convierte en un Estado en aislamiento y demográficamente insostenible, atrapado en una guerra sin fin por la legitimidad en una tierra que otros también consideran sagrada.
La historia del Levante indica que los proyectos de hegemonía absoluta suelen colapsar bajo el peso de sus propias ambiciones, y estos años de fuego genocida serán recordados como el momento en que Israel cruzó el umbral hacia una realidad donde la supervivencia y la expansión se volvieron contradictorias, y en el que sus antagonismos internos lo hicieron fracasar incluso dentro sus fronteras reconocidas.
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