Una Gaza tecno-feudal de siervos sin derechos: Emiratos Árabes materializará el plan Trump
Justo así funcionan Abu Dhabi y Dubái: el proyecto refleja su sistema de explotación sin límites
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Una Gaza tecno-feudal de siervos sin derechos: Emiratos Árabes Unidos materializará el plan Trump
Por Témoris Grecko
El yerno de Donald Trump, Jared Kushner, detalló los planes de Washington para Gaza que el New York Times describe como “relucientes” o “brillantes” (glittering), y a los que Emiratos Árabes Unidos (EAU) se ha apresurado a sumarse como primer inversionista en la construcción de una ciudad para los palestinos.
No es extraño que los señores de Abu Dhabi y Dubái quieran tener su parte en los enormes negocios que prometen que se abrirán en lo que Trump vende como una “Riviera de Medio Oriente”. Pero no se trata solo de dinero: el proyecto coincide de manera tan detallada con el modelo que los emires han impuesto en EAU que parece estar inspirado en él.
Bajo esa monarquía, la aplastante mayoría de los habitantes forma una masa de trabajadores sin ningún tipo de derechos laborales ni políticos, perfectamente funcional para un capitalismo del superlujo basado en mano de obra fantasmal que labore sin dar molestias, para que los afortunados de la vida la disfruten sin tener que notar a los que la hacen posible.
Nueve de cada diez habitantes de EAU son extranjeros. Por lo tanto, el 90% de la población carece del derecho de elegir a sus gobernantes, legisladores, jueces ni autoridades de tipo alguno. En caso de cualquier conflicto con un emiratí, no tienen el mismo peso ante la ley y llevan todas las de perder. Sobre todo, si pertenecen a la base trabajadora. La sindicalización está prohibida y todavía peor: su permanencia en el país depende de sus empleadores, que retienen sus pasaportes, controlan su movilidad y pueden hacer que sean expulsados en cualquier momento.
Con el proyecto presentado por Kushner con el apoyo de EAU, de entrada, se establecerá una línea que dividirá a la población de Gaza en dos: los desesperados de la zona arrasada por Israel, sin casas, sin servicios, sin empleos ni lo más básico; y los residentes de los modernos barrios construidos por EAU y otros inversionistas, que tendrán vivienda y trabajo y cuyos hijos podrán ir a la escuela y recibir atención médica.
Carecerán de derechos políticos: no habrá elecciones, no habrá política, ni posibilidad de reclamar abusos porque se arriesgarán a ser expulsados de regreso al caos (y algunos serán puestos en manos de la seguridad controlada por Israel).
Y estarán sujetos a sistemas de control social de punta, con vigilancia biométrica y electrónica en donde el trabajador no tendrá ni siquiera la libertad que parece más propia del capitalismo, la de manejar el capital adquirido con su trabajo.
Como en el feudalismo, serán siervos que le deben la existencia al señor de sus tierras, en este caso el consorcio empresarial trumpiano, y siempre estarán bajo su mirada omnipresente, como si fuera el ojo de dios.
Es un experimento de ultraneoliberalismo que se aplicará a Gaza como modelo para otras partes del mundo, tan extremo que es una necropolítica que suprime la política.
La línea divisoria será también la diferencia entre sobrevivir y perecer, para individuos y familias. Para cruzarla, para ser aceptados en el prometido paraíso de la servidumbre tecno-feudal, indudablemente la primera y la última palabras las tendrá Israel, como ocurre en todos los planes en los que a la seguridad de ese país se le reconoce primacía incuestionable sobre la de cualquier otra entidad.
La tecnología más avanzada permitirá tener un control completo de los afortunados pobladores, en lo que es un adelanto del futuro para el resto del mundo: al ingresar al proyecto, deberán entregar sus datos biométricos, obtenidos con escáner de iris y otros sistemas, que también servirán para vigilar su movilidad y sus interacciones con otras personas “de adentro” y “de afuera”; la moneda será la israelí, el shekel, pero no en efectivo sino electrónico, con lo cual sus transacciones serán monitoreadas y cualquier ahorro podrá ser congelado o simplemente desaparecido.
De esta manera, el paso de la Gaza apocalíptica a la Gaza tecno-feudal será dado gradualmente a sectores de la población, dependiendo del grado de antipatía con que los mire el gobierno israelí: los colaboracionistas entrarán primero; los resistentes, jamás. Seguirán siendo exterminados con ataques y operaciones militares en los que Tel Aviv no cejará, o serán acorralados en secciones progresivamente menores de Gaza, empequeñecidas por los avances de la frontera del proyecto Trump.
Y mientras tanto, vivirán en la distopía de Mad Max.
Del régimen feudal…
Dos años de genocidio sirvieron para erosionar la voluntad de resistencia de la población y convertir ciudades en escombros. Ya desde marzo de 2024, cuando la ofensiva israelí solo llevaba unas semanas en marcha, el yerno de Donald Trump, Jared Kushner, delineó en la Universidad de Harvard que la salida al problema de Gaza era de bienes raíces mezclado con limpieza étnica: Israel debería “trasladar a la gente” fuera de la Franja para “limpiar” las “propiedades frente al mar” gazatíes. Esa era la temprana recomendación que Kushner tenía para Israel, aplicar la lógica aséptica del desarrollo inmobiliario de lujo a una catástrofe humanitaria.
Al centrarse en el “muy alto valor” de las propiedades frente al mar (waterfront property), transformaba un conflicto de liberación nacional en un problema de mala gestión de activos. Según esta lógica, el problema de Gaza no es la ocupación militar, el bloqueo o la falta de derechos civiles, sino el hecho de que su “prime real estate” está ocupado por una población improductiva y una infraestructura (túneles, municiones) que no genera retorno de inversión. La solución propuesta —trasladar a la población al desierto del Néguev o a Egipto para “terminar el trabajo”— es análoga al desalojo de inquilinos de renta controlada en un barrio que se está gentrificando.
Este enfoque se alinea con el proyecto neoliberal de establecer zonas económicas especiales por toda Gaza, “ciudades autónomas” controladas por corporaciones porque considera que la soberanía nacional es un obstáculo para la eficiencia económica y plantea reemplazarla en enclaves autónomos gobernados por corporaciones o consejos tecnocráticos, donde las leyes laborales y civiles locales son suspendidas en favor de un marco regulatorio favorable al capital. Kushner, al sugerir que “Gaza podría ser muy valiosa” si se enfocara en la educación y la innovación “en lugar del terror”, trataba de vender la fantasía de una “Singapur del Mediterráneo” en la que omite que tal transformación requeriría la disolución de la entidad política palestina y la conversión de sus habitantes en meros residentes económicos sin ciudadanía. Como en Emiratos Árabes Unidos.
Aunque las declaraciones de Harvard fueron informales, son un antecedente del plan “Paz para la Prosperidad” presentado por la administración Trump, del cual Kushner fue el arquitecto principal. Ese documento ya prefiguraba la conversión de la cuestión palestina en una serie de proyectos de inversión inmobiliaria e infraestructura con 50 mil millones de dólares en inversiones a cambio de la renuncia efectiva a las aspiraciones de soberanía, control de fronteras y retorno de los refugiados.
En la visión actual esta lógica se lleva al extremo. Los informes sobre el interés de firmas inmobiliarias y desarrolladores en la costa de Gaza sugieren que la reconstrucción no estará dirigida a restaurar los hogares de los refugiados, sino a crear nuevas oportunidades de lucro para el capital transnacional.
Al proyecto Trump original le inventaron un nombre que se ajustara al acrónimo GREAT para hacer eco de la costumbre del presidente de EEUU de describir todo lo que promueve como grandioso: Gaza Reconstitution, Economic Acceleration and Transformation (reconstitución, aceleración económica y transformación de Gaza). En él ilustran un futuro donde la costa es privatizada para el turismo de lujo y las élites regionales, mientras que la población local es empujada hacia el interior, lejos del mar que define su geografía y su economía histórica.
Esta dinámica de despojo es fundamental para entender el carácter neo-feudal del proyecto. En el feudalismo, el señor poseía la tierra y el campesino tenía derecho a trabajarla a cambio de protección y tributo. En el capitalismo de desastre aplicado a Gaza, el “Señor” (el consorcio trumpiano de seguridad israelí y de inversionistas árabes del Golfo) se apropia de la tierra más valiosa (la costa, las tierras cultivables fronterizas) y expulsa a la población “excedente” o la confina en zonas de alta densidad, rompiendo el vínculo orgánico entre el pueblo y su territorio.
…al control tecnofeudal
El anuncio de que Emiratos Árabes Unidos construirá el primer barrio del proyecto, sobre las ruinas de la ciudad de Rafah, representa la operacionalización de la doctrina Kushner. Aunque los documentos refieren “comunidades planificadas”, el término “comunidad” es un eufemismo para lo que estructuralmente será un complejo carcelario de baja seguridad o un campo de trabajo corporativo: una especie de campo de concentración voluntario para quienes quieran salir del área devastada por Israel.
Según los planes, el acceso a estas zonas residenciales, que ofrecerán servicios básicos desesperadamente necesarios como agua, electricidad y sanidad, estará estrictamente condicionado. Los residentes deberán someterse a controles de seguridad exhaustivos y, crucialmente, a la recolección de datos biométricos. Esto invierte el principio humanitario fundamental de la universalidad de la ayuda. En el modelo de los EAU, la supervivencia biológica se convierte en un privilegio que se otorga a cambio de la renuncia a la privacidad, a la soberanía y la decisión política.
Estas “comunidades cerradas” replican la lógica urbana de Dubái y Abu Dhabi, las principales ciudades de EAU, donde las zonas residenciales para expatriados y las zonas laborales para migrantes están segregadas y vigiladas. En Gaza, este modelo urbano sirve como una herramienta de contrainsurgencia. Al fragmentar el territorio en enclaves aislados y vigilados, se rompe la continuidad territorial necesaria para cualquier futuro estado palestino y se facilita el control policial de la población. Cada comunidad se convierte en un panóptico digital donde el comportamiento de los residentes es monitoreado constantemente.

Uno de los elementos más innovadores y perturbadores del plan emiratí es la introducción propuesta de “billeteras de shekel electrónico”, con la justificación de evitar el desvío de fondos hacia Hamas. Sin embargo, las implicaciones de control social son totalitarias.
El dinero físico (efectivo) permite un grado de anonimato y autonomía; una persona puede comprar comida, apoyar a un vecino o donar a una causa sin dejar un rastro digital inmediato. El dinero digital programable, controlado por una autoridad central (en este caso, una combinación de supervisión israelí y administración emiratí/internacional), elimina esta libertad.
Trazabilidad total: Cada transacción, por pequeña que sea, queda registrada. El administrador sabe qué comen los residentes, con quién comercian y cómo gastan cada centavo.
Condicionalidad programada: El “shekel electrónico” podría programarse con “contratos inteligentes” que restrinjan su uso. Por ejemplo, los fondos podrían ser válidos solo dentro de un perímetro geográfico específico (confinamiento económico), solo para ciertos bienes aprobados, o tener una fecha de caducidad para forzar el consumo y evitar el ahorro.
Sanción automatizada: En un escenario de disturbios políticos o resistencia, o simplemente de lentitud para obedecer órdenes, la autoridad podría congelar instantáneamente las billeteras de individuos específicos o de barrios enteros con un solo clic. Esto otorga al “Señor” neo-feudal el poder de cortar el sustento de sus “siervos” sin necesidad de presencia física policial.
Este mecanismo transforma la economía de Gaza de un mercado (aunque asediado) a un sistema de racionamiento digital de alta tecnología, donde la capacidad de subsistir depende de la conformidad continua con las reglas del administrador.
Otro aspecto crítico de los planes es la referencia a una “revisión de escrituras de tierras” (land deed review) como prerrequisito para la reconstrucción.
Esto ocurre en un territorio donde los registros civiles han sido bombardeados, los archivos quemados, las familias desplazadas múltiples veces y decenas de miles de propietarios han sido masacrados con sus descendientes, y si alguno de estos vive, le resultaría casi imposible demostrar sus derechos.
Exigir pruebas documentales de propiedad según estándares impuestos externamente es un juego de despojo masivo.
Históricamente, la manipulación de los registros de tierras ha sido una herramienta central del colonialismo de asentamiento y la acumulación primitiva. En el contexto del feudalismo inglés, las “Leyes de Cercamiento” (Enclosure Acts) privatizaron las tierras comunales, expulsando a los campesinos y convirtiéndolos en mano de obra desposeída para las nacientes industrias urbanas.
En Gaza, una revisión de títulos dirigida por actores externos podría declarar vastas áreas como “tierra estatal” o “sin dueño” si los propietarios actuales no pueden satisfacer la carga de la prueba, facilitando su transferencia a desarrolladores corporativos o al fideicomiso de reconstrucción.
Esto consolidaría la transformación de los gazatíes de propietarios de su patria a inquilinos precarios en proyectos de vivienda administrados por extranjeros.
Encerrados en una servidumbre sin derechos
Para comprender el destino que están preparando para Gaza, hay que mirar la estructura social de los propios Emiratos Árabes Unidos. El modelo que pretenden exportar a Gaza no es su modelo de ciudadanía (repleto de subsidios públicos para los nacionales), sino su modelo laboral: el sistema Kafala (patrocinio).
Este es el marco legal que rige a la inmensa mayoría de la fuerza laboral en los países del Golfo. Bajo este sistema, el estatus legal y migratorio de un trabajador está atado directamente a un empleador o “patrocinador” (kafeel).
Dependencia total: Tradicionalmente, el trabajador no podía cambiar de empleo, salir del país o alquilar una vivienda sin el permiso explícito de su patrocinador. Aunque ha habido reformas recientes, informes de Human Rights Watch y Amnistía Internacional de 2024 y 2025 confirman que la estructura de poder permanece intacta. El empleador retiene un control casi absoluto sobre la vida del trabajador y con frecuencia, retiene su pasaporte.
Falta de derechos políticos y laborales: Los trabajadores migrantes en los EAU, que pueden haber vivido allí por décadas, no tienen ruta a la ciudadanía, no tienen derecho al voto, no pueden formar sindicatos y tienen prohibido la huelga y la protesta política. Son, como en la película, Oompa-Loompas económicos sin existencia política.
Desechabilidad: Cuando un trabajador deja de ser útil económicamente (por vejez, enfermedad o recesión), su visa es revocada y debe abandonar el país. No tiene compensaciones por despido ni derechos de retiro. No hay red de seguridad social.
La visión de Kushner y los EAU para Gaza parece ser la conversión de toda la Franja en una gigantesca Zona Libre al estilo del puerto y zona industrial de Jebel Ali (la famosa “palma” de Dubái) pero con una diferencia crucial:
La población de Jebel Ali es extranjera que migró por voluntad propia y en general (hay casos de retención) puede marcharse si lo desea.
La de Gaza será nativa y cautiva: le impondrán un régimen que no elige y estará obligada a permanecer ahí, bajo el control corporativo e israelí.
Al negar la posibilidad de un estado soberano palestino y reemplazarlo con una administración tecnocrática supervisada internacionalmente, el plan transforma a los palestinos en su propia tierra en sujetos análogos a los trabajadores migrantes del Golfo.
Desnacionalización: El palestino deja de ser un ciudadano con derechos inalienables y se convierte en un “residente” cuyo derecho a permanecer y trabajar está condicionado a la “seguridad” y la productividad económica.
Explotación laboral: Los planes para “zonas industriales” en el perímetro de Gaza sugieren que el futuro económico asignado a los palestinos es servir como mano de obra barata para hoteles, restaurantes y casinos; manufactura ligera y servicios de datos, beneficiando a empresas israelíes, emiratíes, estadounidenses o internacionales.
Segregación espacial: Al igual que en Dubái, donde los campos de trabajo (labor camps) están ocultos lejos de los 180 rascacielos planeados, la “nueva Gaza” segregaría a la clase trabajadora en zonas de alta densidad, mientras que las valiosas zonas costeras se desarrollarían para el turismo de superlujo y actividades para élites.
Los informes sobre derechos humanos en los EAU destacan cómo los trabajadores migrantes son desproporcionadamente afectados por el cambio climático y las condiciones extremas, trabajando bajo un calor letal sin protección adecuada.
En Gaza, una zona ya devastada ambientalmente por la guerra y la crisis del agua, la imposición de un modelo de desarrollo intensivo en recursos y mano de obra, sin protecciones laborales sindicales (prohibidas bajo el modelo del Golfo), augura un desastre de salud pública y ambiental.
Los trabajadores gazatíes, desesperados por obtener ingresos en una economía de “shekels electrónicos”, se verían obligados a aceptar condiciones peligrosas, replicando la vulnerabilidad extrema de los trabajadores de la construcción del sur de Asia en el Golfo.
La sociedad tecno-feudal
El sistema feudal se caracterizaba por la inmovilidad social y la rígida estratificación. El plan para Gaza busca institucionalizar una estructura de clases similar para anular la cohesión nacional necesaria para la resistencia política.
Los señores feudales: la nueva clase privilegiada será la de los ejecutivos y funcionarios de las empresas y la seguridad, y por supuesto los turistas dispuestos a pagar por el privilegio. Todos extranjeros.
La sub-élite palestina (los vasallos): Compuesta por milicias al servicio extranjero y empresarios palestinos que manejará subocontratos para la construcción y los servicios dentro de las zonas cerradas. Su lealtad no es hacia el pueblo, sino hacia los patrocinadores externos (EAU, Israel, EEUU) que garantizarán su riqueza y poder.
La clase tecno-servil (los villanos): Palestinos con habilidades técnicas o administrativas necesarias para el funcionamiento de las “comunidades inteligentes”, maestros que enseñan el currículum académico aprobado por EAU y personal de salud. Tendrán acceso privilegiado a vivienda y movilidad, pero su estatus será precario y revocable ante cualquier signo de disidencia.
La masa desposeída (los siervos): La mayoría de la población, empleada en trabajos manuales mal pagados en las zonas industriales o dependiente de la ayuda humanitaria condicionada a su absoluta subordinación. Estarán sujetos a la vigilancia más estricta, con restricciones severas de movimiento y sin capacidad de acumulación de capital.
Los proscritos: Aquellos que rechacen el sistema, las familias de combatientes o de activistas políticos. No se les dará acceso a las “zonas seguras” o serán expulsados de ellas. No podrán usar el “shekel electrónico” ni los servicios básicos. Estarán sujetos a la vigilancia perpetua de los drones, a la normalización de las ejecuciones instantáneas y justificadas con la acusación de terrorismo. Tendrán que vivir en tierra arrasada. Los que quieran escapar de ahí tendrán que servir como espías y colaboradores, entregando a los suyos a Israel hasta que algún funcionario decida que ya han sido útiles y pueden pasar a ser siervos.
Esta estratificación rompe la solidaridad horizontal de la ciudadanía nacional y la reemplaza por lealtades verticales hacia los proveedores de recursos, una característica distintiva de las sociedades feudales.
La referencia de Kushner a “limpiar” la propiedad frente al mar y los planes de revisión de escrituras de los EAU apuntan a un proceso masivo de Acumulación por desposesión (término del geógrafo David Harvey). En el feudalismo, los “cercamientos” transformaron la tierra de un recurso comunitario de sustento a un capital privado para la generación de renta.
En Gaza, la destrucción de la infraestructura urbana por la guerra ha creado una tabula rasa forzada. El plan de reconstrucción no busca restaurar el tejido urbano anterior (que sustentaba la resistencia social y las redes comunitarias), sino imponer una nueva geografía de propiedad corporativa. Los fideicomisos internacionales que poseerán las nuevas infraestructuras cobrarán rentas (en forma de tarifas de servicios, alquileres o deducciones laborales) a la población, extrayendo valor de la mera existencia de los palestinos en el territorio. Gaza se convierte así en una “finca” extractiva donde la población paga por el derecho a vivir en su propia tierra.
“Lo que ves en Gaza, pronto en tu casa”: un modelo ultraneoliberal para el mundo
La frase “Lo que ves en Gaza, pronto en tu casa” se refiere al uso de la población palestina como laboratorio de pruebas y vitrina de ventas de los productos de control y asesinato perfeccionados que Israel después vende para el mundo.
Pero ahora, nos advierte de un plan de ingeniería geopolítica para poner a grandes poblaciones al servicio de un capitalismo sin límites.
El plan “Paz para la Prosperidad” y sus nuevas variantes prometen transformar Gaza con proyectos deslumbrantes: islas artificiales, resorts de lujo y centros tecnológicos. Sin embargo, la viabilidad económica de estos proyectos en un territorio bajo bloqueo y conflicto perpetuo es dudosa, a menos que se entienda su verdadera función.
Estas imágenes generadas por computadora de rascacielos de cristal sirven para vender el proyecto a inversionistas internacionales y pacificar a la opinión pública occidental. La realidad económica subyacente es la creación de zonas industriales fronterizas. Aquí, la ventaja competitiva de Gaza no es su “innovación”, como sugiere Kushner, sino la desesperación de su fuerza laboral.
Con una tasa de desempleo catastrófica y una población joven, Gaza ofrece un ejército industrial de reserva ideal. Las zonas industriales propuestas permitirían a las empresas explotar esta mano de obra sin las protecciones laborales de Israel o los estándares de derechos humanos internacionales, bajo un régimen legal especial garantizado por la administración de la “Junta de Paz”. Es el modelo de la maquiladora llevado al extremo: producción para la exportación en un enclave de seguridad, desconectado de la economía local y sirviendo a cadenas de suministro globales.
En 2009, el execonomista jefe del Banco Mundial Paul Romer, propuso crear “charter cities” o ciudades estatutarias, poblaciones autónomas construidas por países ricos dentro de países en desarrollo. El rico administraría la región a su gusto, estableciendo leyes, sistema judicial y políticas de inmigración, siempre con políticas favorables a las empresas como impuestos bajos, menos regulaciones y protección de derechos de propiedad. La premisa es que esto se traducirá en “buena gobernanza” y por lo tanto, en prosperidad.
Esta es la idea que retoman Trump y Kushner. Aplicarla a Gaza es el golpe final a la autodeterminación palestina. Si la ley, la moneda, la seguridad y la propiedad de la tierra están en manos de un consejo internacional o corporativo, la “Palestina” como entidad política deja de existir, incluso si se le permite ondear una bandera simbólica. Se convierte en una corporación territorial, donde los derechos humanos son reemplazados por contratos de servicios y la ciudadanía por una membresía de usuario.
Estamos ante una estrategia coherente y escalofriante. No es un plan de reconstrucción humanitaria, sino un experimento destinado a resolver la “cuestión palestina” mediante la disolución de su cuerpo político.
Lo que pretenden es la creación de una colonia tecno-feudal donde:
La tierra: es mercantilizada y despojada de su significado histórico y nacional, convertida en activos inmobiliarios para el capital global.
La población: es biometrizada y controlada financieramente, reducida a unidades de trabajo y consumo sin agencia política, vigilada por un panóptico digital (el shekel electrónico, el escáner de iris).
La soberanía: es privatizada, transferida de un pueblo que busca la autodeterminación a un consorcio de potencias ocupantes, inversores extranjeros y señores de la guerra locales.
La estructura social: se feudaliza, creando castas rígidas basadas en la lealtad y la utilidad económica, replicando el sistema de apartheid laboral del Golfo.
Este modelo representa una amenaza no solo para los palestinos, sino para el concepto mismo de derechos humanos universales. Si se permite que la ayuda humanitaria se convierta en un arma de coerción biométrica, y que la reconstrucción post-conflicto sirva como cobertura para el despojo corporativo y la servidumbre tecno-feudal, se habrá establecido un precedente peligroso para el siglo XXI
La “paz” que ofrece este modelo la paz de las prisiones privadas y los campos de trabajo: ordenada, silenciosa, rentable para sus dueños, y absolutamente desprovista de derechos, libertades y justicia. Un ultraneoliberalismo de necropolítica sin política.
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