La desesperación de Donald Trump (Netanyahu saca ventaja… por ahora)
Su guerra por capricho en Irán es un desastre / Felipe de Borbón no se disculpó de nada pero es importante pasar página
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La desesperación de Donald Trump (Netanyahu saca ventaja… por ahora)
Por Témoris Grecko
Estados Unidos nos pide ayuda
y quiere que compartamos el costo de sus fiascos.
Unirse hoy a la coalición de Trump es como
comprar un billete para cenar y bailar en el Titanic
la noche después de que chocara contra el iceberg.
General francés Michel Yakovleff,
exjefe del Cuartel General Supremo
de las Potencias Aliadas en Europa - OTAN
Aunque Donald Trump estuvo “cantando”, como decimos en México, la ofensiva contra Irán durante semanas, muchos creímos que se detendría antes de un ataque total como el que lanzó. Por docenas, se acumulaban las advertencias desde los sectores militar y de inteligencia de EEUU, y desde el movimiento MAGA del propio Trump, de que no había recursos para la guerra que se planteaba, que no había justificación ni planificación y que de hecho no sería en interés de EEUU sino de Israel.
Desde la Casa Blanca, ha repetido en todos los tonos posibles que están llevando a cabo una campaña militar de éxito incomparable, en la que han cumplido todos sus objetivos y devastado la capacidad de resistencia iraní, sin poder explicar por qué no termina la “operación especial” (le robó el eufemismo a Putin) ni cómo es que un Irán totalmente derrotado sigue lanzando drones y misiles.
Entre todas las contradicciones de su discurso, la más evidente fue su demanda de ayuda a la OTAN, a aliados como Japón, Corea del Sur y Australia, e incluso a su principal rival en el mundo, China. EEUU no puede contener las consecuencias de su guerra, particularmente la navegación por el Estrecho de Ormuz.
Todos declinaron intervenir, recordándole que él inició un conflicto sobre el que fue suficientemente advertido que nadie más quería, salvo el israelí Netanyahu.
La reacción de Trump fue elocuente al confirmar el nivel de madurez emocional del líder que votaron los electores estadounidenses: “No necesitamos ayuda, nunca la hemos necesitado”, se emberrinchó. “Como presidente de los Estados Unidos, el país más poderoso del mundo: no necesitamos la ayuda de nadie”.
Y para lamerse el ego herido, alardeó: “Puedo hacer lo que quiera” con Cuba.
Con negativos de 15 puntos en su aprobación, una desventaja de 5 puntos de los republicanos frente a los demócratas y tendencias a la baja en ambos casos, Trump se encamina a una derrota en las legislativas de noviembre, que lo dejará como “lame-duck” (pato cojo, en la jerga política estadounidense, un presidente con escasos poderes) por lo que resta de su mandato.
Aunque hace falta ver cómo terminará esta guerra, por lo pronto Israel está expandiendo su poder en Líbano, Siria y los territorios palestinos, y en consecuencia, la coalición de Netanyahu empieza a remontar en las encuestas y, si logra que los dividendos de popularidad en la guerra crezcan lo suficiente y se prolonguen, tendría posibilidades de ganar los siguientes comicios, que están planteados para octubre pero él podría adelantar.
Sin embargo, esto no son buenas noticias para Israel: Netanyahu y sus aliados están destruyendo su país en lo interno, con el prolongado descarrilamiento de toda posible solución para su relación con los palestinos, una campaña para someter al Poder Judicial y la alienación de la población judía liberal y laica —la que sostiene la economía— que ya está emigrando; y en lo externo, con el rompimiento del consenso bipartidista pro-Israel en EEUU y la destrucción de toda simpatía en el mundo, de lo cual depende para sobrevivir.
Es dudoso que, si Netanyahu pierde, una nueva coalición, en primer lugar, pueda estabilizarse, porque será exigua y el actual primer ministro retendrá poder para erosionarla como ya hizo en 2022; y en segundo lugar, consiga revertir el inmenso daño autoinfligido. Israel es un estado paria y genocida, y su desprecio por sus aliados árabes ha terminado de aislarlo en su leprosario.
Así como la intervención en la ciudad de Minneápolis, donde sus hombres cometieron asesinatos, fue el clímax del poder de Trump y el inicio de un pronunciado declive, esta guerra con Irán marca lo mismo no solo para Netanyahu, sino para Israel.
Malas noticias desde lejos y cerca
En un nivel más amplio, esta guerra marca un punto de inflexión no solo para la seguridad regional, sino para la viabilidad de la proyección de poder global de los Estados Unidos. Lo que inicialmente fue presentado por la administración Trump como una campaña relámpago destinada a eliminar la amenaza nuclear iraní y decapitar el liderazgo de la República Islámica ha derivado, en apenas tres semanas, en una crisis de sostenibilidad militar, política y económica que algunos analistas ya califican como el preludio de un “Vietnam energético”. La actual coyuntura se define por una paradoja estratégica: mientras las fuerzas estadounidenses e israelíes han logrado éxitos tácticos significativos, incluyendo el asesinato del líder supremo Alí Jameneí y la destrucción de gran parte de la infraestructura misilística visible, el sistema de respuesta asimétrica de Irán ha logrado paralizar las arterias vitales de la economía mundial y exponer las fracturas dentro de la arquitectura de alianzas de Washington.
La incapacidad de las fuerzas navales estadounidenses para reabrir el Estrecho de Ormuz constituye el fracaso más visible de la estrategia de “presión máxima”. A pesar del despliegue de lo que el presidente Trump denominó una “armada” masiva, el cierre efectivo del paso por parte de Irán redujo el tráfico de petroleros en un 90%. Esta parálisis está disparando los precios del crudo, generando un choque inflacionario que amenaza la estabilidad de los mercados financieros globales.
La petición de ayuda de Trump a la OTAN y a China es una señal de desesperación operativa porque admite tácitamente que el costo de mantener la libertad de navegación de forma unilateral es ahora prohibitivo para su base industrial y militar.
Uno de los elementos más críticos que ha salido a la luz durante la tercera semana de hostilidades es el ritmo insostenible de consumo de municiones de precisión e interceptores de defensa aérea. La estrategia iraní de “saturación” —lanzar oleadas de drones baratos (como los Shahed) seguidos de misiles balísticos más capaces— ha forzado a los sistemas Patriot, THAAD y Aegis a disparar interceptores que cuestan millones para neutralizar objetivos de pocos miles de dólares. Este desbalance económico es la esencia del “atractivo del desgaste” que Irán está imponiendo al Pentágono.
Los informes indican que las existencias de misiles interceptores SM-3 y SM-6 están alcanzando niveles de alerta, lo que reduce la capacidad de la Marina de los Estados Unidos para proteger sus propios grupos de batalla. Más grave aún es el impacto en la disuasión global: cada interceptor gastado en el Golfo Pérsico es un activo que ya no estará disponible para el teatro del Indo-Pacífico, donde crece la tensión con China por Taiwán. La industria de defensa estadounidense, a pesar de los esfuerzos por cuadruplicar la producción de misiles THAAD, no podrá reponer los inventarios consumidos en meses, sino en años.
Otro elemento de alta visibilidad es el alejamiento del portaaviones USS Abraham Lincoln de las costas iraníes. Teherán dice que logró dañarlo, Washington asegura que no. El hecho evidente es que tuvo que alejar su principal activo bélico en la zona, el que había anunciado con fanfarrias. Esto es un testimonio del éxito de la doctrina de negación de área de Irán. Tras un incidente reportado por la Guardia Revolucionaria en el que enjambres de drones y lanchas rápidas habrían acosado al grupo de batalla, el Comando Central estadounidense (CENTCOM) decidió reubicar el portaaviones a más de 1,100 kilómetros de la costa iraní, fuera del alcance de la mayoría de los misiles de corto alcance iraníes, pero también al límite de la operatividad de sus propios aviones de combate.
Este repliegue, aunque presentado como un “ajuste de postura” para preservar activos de alto valor, reduce drásticamente la frecuencia y la eficacia de las misiones de bombardeo. La vulnerabilidad de los portaaviones frente a tecnologías de bajo costo redefine la teoría de la guerra convencional y sugiere que la era de la proyección de poder sin oposición desde el mar ha terminado en espacios confinados como el Golfo Pérsico y el Golfo de Omán.
Mientras tanto, en Irak, la presencia de Estados Unidos se encuentra en una fase de desmantelamiento acelerado y forzoso. El cierre de la base de Al-Asad y los planes para una salida total de Bagdad hacia finales de año han dejado un vacío de poder que las milicias pro-iraníes están llenando con rapidez. Lejos de ser un centro de operaciones seguro, Irak se ha convertido en un campo de tiro donde las tropas estadounidenses son blanco constante de ataques con drones y cohetes.
El accidente del avión cisterna KC-135 en el oeste de Irak, que resultó en la muerte de seis militares, subraya la degradación de la infraestructura logística en un entorno hostil donde el apoyo transfronterizo es cada vez más difícil. La percepción de que la guerra en la región “está yendo mal” se alimenta de esta incapacidad para proteger los nodos logísticos esenciales mientras se intenta sostener una campaña de bombardeo contra Irán.
Y en el ámbito interno de EEUU, los problemas de Trump no se dan solo con el electorado en general, sino con su propio movimiento MAGA, en el que varias de sus figuras mediáticas más prominentes, como Tucker Carlson, Megyn Kelly y Joe Rogan, están haciendo una crítica dura de la ofensiva contra Irán y de la sumisión de la política exterior a los intereses israelíes.
Este martes, la dimisión de Joe Kent como director del Centro Nacional de Contraterrorismo representa la crisis política más profunda dentro del gabinete de Trump desde el inicio de su segundo mandato. Kent, un veterano de las fuerzas especiales y figura clave de MAGA, no solo renunció, sino que denunció activamente que el conflicto fue provocado por una “campaña de desinformación” orquestada por Israel y su lobby en los Estados Unidos.
El argumento de Kent —que Irán no representaba una amenaza inminente y que la guerra es una “trampa” que agota la riqueza nacional— resuena con un sector importante del electorado que apoyó a Trump bajo la promesa de terminar con las “guerras interminables”. Esta división entre la retórica de “América Primero” y la realidad de una intervención a gran escala debilita la moral interna y e indica que la administración está operando bajo una incoherencia política que sus adversarios están explotando.
Israel: la “Alianza Hexagonal”
Mientras los Estados Unidos luchan por justificar el costo de la guerra, Israel ha adoptado una postura de ofensiva total. Aprovechando la cobertura proporcionada por la ofensiva contra Irán, el ejército de Israel lleva a cabo operaciones terrestres masivas en el Líbano, avanzando hasta el río Litani para establecer una ocupación de largo plazo que podría tratar de hacer definitiva.
En Siria, el colapso de la influencia iraní tras la caída de Bashar al Ássad ha permitido a Israel establecer zonas colchón en el suroeste, mientras que en los territorios palestinos, la aceleración de la construcción de colonias muestra la voluntad de consolidar un control irreversible sobre el territorio, anulando cualquier futura solución de dos estados.
Para institucionalizar este dominio, Israel ha anunciado la creación de una “Alianza Hexagonal” (de Israel con India, Grecia/Chipre, Emiratos Árabes Unidos, Etiopía y Somalilandia) un marco estratégico que busca desplazar la dependencia histórica de Washington hacia un bloque de estados con intereses compartidos en tecnología, seguridad y energía. Este bloque representa un intento de crear un “centro de gravedad” alternativo en la región que sea menos sensible a las presiones democráticas occidentales.
Escenarios
El favorito de Netanyahu: hegemonía israelí y fragmentación de Irán
En este escenario, la ofensiva logra romper el mando central en Teherán, provocando un colapso del estado en líneas étnicas y regionales (kurdos, baluches, árabes, azeríes). Israel se impone como el árbitro indiscutible del Medio Oriente, apoyado por la Alianza Hexagonal.
Corto plazo: Caos interno en Irán, flujos masivos de refugiados hacia Turquía y Europa, parálisis prolongada de la producción petrolera iraní.
Medio plazo: Consolidación de la Alianza Hexagonal como el principal bloque de seguridad regional. India sustituye a China como el socio comercial dominante en el corredor Israel-Golfo.
Largo plazo: Establecimiento de un nuevo mapa del Medio Oriente con fronteras rediseñadas. Israel se anexa los territorios palestinos, mantiene el dominio absoluto sobre el Líbano y Siria, y se reserva la posibilidad de seguirse expandiendo, mientras los estados árabes tradicionales (Egipto, Arabia Saudita) quedan marginados o subordinados al nuevo eje.
Trampa de Ormuz: el desgaste de EEUU y el reequilibrio chino
Si Estados Unidos no logra reabrir el Estrecho de Ormuz y el costo de la guerra sigue drenando los inventarios de defensa aérea, Washington podría verse forzado a negociar un alto al fuego prematuro bajo condiciones desfavorables.
Corto plazo: Declaración de “victoria” simbólica por parte de Trump para justificar una retirada rápida, similar a lo ocurrido en Afganistán en 2021.
Medio plazo: Irán sobrevive como un “régimen mosaico” bajo control de la Guardia de la Revolución y el nuevo líder supremo Mojtaba Jameneí, fortaleciendo sus lazos con el bloque BRICS+. El Estrecho de Ormuz queda bajo un régimen de navegación compartida donde China actúa como garante de facto.
Largo plazo: Erosión definitiva del petrodólar. Los países del Golfo, viendo la incapacidad de EEUU para proteger la infraestructura energética frente a drones baratos, diversifican agresivamente sus garantías de seguridad hacia Beijing y Moscú.
Guerra regional total y el colapso del modelo de expansión
En este caso, la guerra se expande hacia una ocupación terrestre limitada que fracasa estrepitosamente, arrastrando a Estados Unidos a una insurgencia regional que abarca Irán, Irak y el este de Siria.
Corto plazo: Despliegue de tropas terrestres estadounidenses en territorio iraní, aumento drástico de bajas y pérdidas de alto valor.
Medio plazo: Colapso de la economía global debido a un corte total de energía del Golfo por más de seis meses. Estanflación profunda en Occidente.
Largo plazo: EEUU se retira de Asia Occidental y África del Norte. Israel queda aislado frente a una coalición hostil de estados árabes y potencias euroasiáticas, poniendo en riesgo su propia existencia a pesar de su poder tecnológico.
Consecuencias multidimensionales de largo alcance
Esta guerra apunta a ser el catalizador de una serie de desplazamientos estructurales que afectarán la gobernanza global durante las próximas décadas.
El cierre del Estrecho de Ormuz ha demostrado que la seguridad energética ya no puede basarse en la presencia de portaaviones que se revelan vulnerables. El mundo se dirige hacia una fragmentación de los mercados energéticos mientras que la industria de los fertilizantes, altamente dependiente del azufre y el gas del Golfo Pérsico, sufrirá choques de precios que afectarán la seguridad alimentaria global, especialmente en naciones en desarrollo.
La OTAN, por su parte, enfrenta su crisis de identidad más grave. Si el Artículo 5 de defensa mutua no se invoca en una guerra iniciada por los Estados Unidos de forma unilateral, la relevancia de la alianza para los desafíos fuera de Europa queda en duda. Por otro lado, la demostración de que drones de bajo costo pueden neutralizar activos de mil millones de dólares acelerará la carrera armamentista en IA y sistemas autónomos, dejando obsoletas las doctrinas de guerra de finales del siglo XX.
En Irán, a pesar del asesinato de Jameneí, el patriotismo ha fusionado al régimen con la nación frente a lo que se percibe como una agresión extranjera ilegítima. La sucesión favorable a Mojtaba Jameneí es muestra del endurecimiento del núcleo radical del estado, cerrando cualquier ventana de oportunidad para una reforma democrática impulsada desde el exterior. La República Islámica puede emerger más pobre y aislada, pero con un aparato de seguridad más resiliente y experimentado en combate asimétrico de alta intensidad.
En suma, la guerra contra Irán, lejos de restaurar la disuasión estadounidense, parece haber confirmado el agotamiento de los recursos que sostenían el orden unipolar en el Medio Oriente. La combinación de una base industrial de defensa incapaz de seguir el ritmo de la guerra moderna, una clase política dividida y aliados reticentes ha creado un vacío de poder que Israel y China están intentando reclamar para sus propios fines contrapuestos.
La guerra está mostrando que la superioridad tecnológica ya no garantiza la victoria política si no se puede asegurar la infraestructura económica que sustenta el sistema global. En el largo plazo, esto será recordado como el lugar donde la estrategia imperial de los Estados Unidos se encontró con sus límites infranqueables, dando paso a un orden multipolar, volátil y más peligroso, en el que un solo actor ya no podrá imponer su voluntad.
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