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A 10 años de impunidad del asesinato de Francisco Pacheco, presentamos su historia en Canal Once
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La violencia israelí contra el cristianismo es tan antigua como Israel
Por Témoris Grecko
El gobierno israelí se puso velozmente en modo de control de daños. En el mundo, hay muchas veces más sionistas cristianos que judíos, constituyen una gran fuerza económica y electoral que ha servido mucho a Israel, y nunca como ahora está en riesgo de perder a gran parte de ellos.
La fotografía de un soldado israelí destrozando una imagen de Jesús crucificado en el jardín de una familia cristiana libanesa, que captó y difundió en redes uno de sus compañeros, tiene un potencial de erosionar la reputación de Israel que paradójicamente no han alcanzado otras imágenes más duras, como agresiones contra curas e incluso iglesias bombardeadas.
De inmediato, publicó un tweet en el que se dijo “sorprendido” y “entristecido” por la acción, la condenó y prometió castigo, para después insistir en la línea propagandística de que “los musulmanes masacran a los cristianos en Líbano y Siria” mientras “la población cristiana prospera en Israel como en ningún otro lugar en Medio Oriente”.
La historia y la actualidad tienen otros datos.

Aliados que no se quieren
Mientras que la hasbará (la propaganda israelí) ha cultivado durante décadas una imagen de Israel como el único “refugio seguro” para los cristianos en una región dominada por el Islam, la realidad histórica, los marcos legales internos y las declaraciones de sus líderes políticos y religiosos más influyentes indican una dinámica radicalmente distinta.
La hostilidad manifestada por sectores significativos de la sociedad y el liderazgo israelí hacia el cristianismo no es un fenómeno puramente político o reactivo a las tensiones con palestinos y libaneses, pues tiene antiguos cimientos teológicos que se acompañan de una interpretación exclusivista de la soberanía judía.
Para observarlo, hay que echarles un ojo a la ley religiosa judía (Halajá) y al sionismo en estado puro.
En el núcleo de la animosidad religiosa se encuentra el debate halájico sobre si el cristianismo constituye Avodah Zarah (idolatría). Para autoridades fundamentales como Maimónides (Rambam), el cristianismo es inequívocamente idolatría debido al concepto de la Trinidad, que se interpreta como una violación del monoteísmo puro al asociar a un hombre y al Espíritu Santo con la divinidad (Shituf). Esta clasificación no es un mero tecnicismo académico, pues tiene implicaciones legales directas en el Estado moderno de Israel, especialmente para aquellos que buscan aplicar la ley religiosa a la esfera pública.
El concepto de Lo Techonem (Deuteronomio 7:2), interpretado rabínicamente como la prohibición de dar a los no judíos un “punto de apoyo” o una “gracia” en la tierra de Israel, actúa como un motor teológico para la confiscación de propiedades eclesiásticas y el bloqueo de la expansión de comunidades cristianas. Líderes contemporáneos han utilizado este mandato para justificar la prohibición de vender o alquilar tierras a cristianos, argumentando que permitir su presencia permanente retrasa la redención mesiánica del pueblo judío.
Una de las narrativas mainstream en el sionismo religioso es la identificación del mundo cristiano con el personaje bíblico de Esaú y el Imperio Romano (Edom). Bajo esta premisa, la relación entre el judío y el cristiano es una de enemistad ontológica e inmutable. La frase rabínica Halakhah hi b’yadu’a she-Eisav sonele Yaakov (”Es una ley conocida que Esaú odia a Jacob”) es una observación sobre la persecución medieval contra los judíos que hoy tiene el alcance de dogma político, que dicta que cualquier gesto de amistad cristiana hacia Israel es, en el fondo, hipócrita o motivado por deseos de conversión.
Y en muchos casos, es cierto. Mucho tiempo antes de que fuera adoptado por ideológos judíos ashkenazíes, el sionismo fue creado por protestantes ingleses de los siglos XVII y XVIII como parte de un movimiento llamado restauracionismo cristiano, que estaba motivado no por el bienestar judío, sino por interpretaciones escatológicas de la Biblia que todavía hoy ven en el “retorno” de los judíos a Jerusalén un paso necesario para el cumplimiento de las profecías del fin de los tiempos y la segunda venida de Cristo.
Sostienen que Jesús no regresará hasta que los judíos estén de vuelta en su “tierra prometida”. De manera que la simpatía que pueden tener hacia ellos es condicional y utilitaria: creen que deben ser “devueltos” a su tierra ancestral para facilitar el cumplimiento de las profecías bíblicas. Y después de la llegada del señor, más les vale abandonar su fe y convertirse al cristianismo, porque quienes no lo hagan, según sus escrituras, serán destruidos en las guerras del Armagedón (vale la pena ver los dos episodios del documental “Praying for Armageddon” sobre los líderes del sionismo cristiano en EEUU y constatar sus opiniones sobre el pueblo judío).
Algunos se preguntan cómo pueden estar estrechamente asociados con quienes los ven de esa forma, pero históricamente, el sionismo no ha dudado en aliarse con los peores antisemitas, incluidos los nazis.
Otros cristianos sí sienten algún tipo de respeto o amor por los judíos. Pero abundan los videos que muestran su pasmo cuando viajan a Jerusalén y no reciben la bienvenida que esperaban de ciertos grupos de derecha.
Los líderes de los sectores ultraortodoxos y del movimiento ultra del sionismo religioso, que forman parte protagonista de la coalición de gobierno de Netanyahu, ven al sionismo cristiano no como una alianza legítima, sino como una amenaza de “veneno espiritual” que busca socavar la pureza judía mediante el proselitismo encubierto.
Ultraortodoxos israelíes escupen a monjas cristianas mientras caminaban por la Vía Dolorosa, una ruta de peregrinación y devoción en la Ciudad Vieja de Jerusalén. 14 de abril de 2023.
Violencia y manipulación
La crónica de las agresiones israelíes contra los cristianos está profundamente entrelazada con la propia formación del Estado y la expansión de su proyecto territorial. Durante décadas, el Estado utilizó herramientas administrativas, militares y legales para erosionar la presencia cristiana mientras mantenía una fachada de pluralismo.
En 1948, el proceso de limpieza étnica conocido como la Nakba no distinguió entre palestinos musulmanes y cristianos. Aproximadamente el 35% de la población cristiana total de Palestina fue expulsada o forzada a huir de sus hogares. Ciudades con raíces cristianas milenarias sufrieron golpes demográficos de los que nunca se recuperaron. En Haifa, la población cristiana se redujo en un 85%.
El caso de las aldeas de Iqrit y Kafr Bir’im en la Alta Galilea es quizá el testimonio más crudo de la traición estatal hacia sus ciudadanos cristianos. En noviembre de 1948, las fuerzas israelíes pidieron a los aldeanos de Iqrit (todos católicos melquitas) y Kafr Bir’im (maronitas) que abandonaran sus hogares durante solo dos semanas por “razones de seguridad”. A pesar de que los aldeanos no opusieron resistencia y colaboraron con las fuerzas israelíes, el Estado nunca los dejó regresar. En 1951, el Tribunal Supremo de Israel ordenó al ejército permitir el retorno de los habitantes de Iqrit, pero el ejército respondió bombardeando la aldea en la víspera de Navidad de 1952, reduciendo a escombros cada casa y dejando en pie únicamente la iglesia. Este patrón se repitió en Kafr Bir’im, donde en 1953 la fuerza aérea destruyó la aldea para asegurar que el derecho al retorno fuera físicamente imposible.
La conquista de Jerusalén Este, Cisjordania y Gaza en 1967 marcó el inicio de un proceso de fragmentación geográfica que afectó desproporcionadamente al triángulo cristiano de Jerusalén, Belén, Ramalá y Taybeh. La política israelí de confiscación de tierras para la construcción de asentamientos y el posterior Muro de Separación ha transformado a Belén, la cuna de la cristiandad, en una prisión abierta.
La retórica oficial de Israel suele culpar al “crecimiento del fundamentalismo islámico” por la emigración cristiana. Sin embargo, las encuestas realizadas entre la propia comunidad cristiana contradicen esta versión. En 2006, un sondeo en Belén reveló que el 78% de los cristianos identificaban la “agresión y ocupación israelí” como la causa principal de su partida, frente a un escaso 3% que culpaba exclusivamente a los movimientos islámicos. La realidad es que las políticas de permisos de viaje, las restricciones a la unificación familiar y la asfixia económica impuesta por los puestos de control han hecho la vida insostenible para las familias cristianas.
En Líbano, la relación de Israel con los cristianos durante la Guerra Civil y la posterior ocupación del sur del país es un ejemplo de pragmatismo militar que terminó en tragedia para la población civil cristiana. Israel justificó su invasión de 1982 como un acto de defensa y de apoyo a sus aliados cristianos maronitas frente a la Organización para la Liberación de Palestina y las fuerzas pro-sirias. Sin embargo, la historia demuestra que Israel utilizó a las comunidades cristianas como colchón de protección, para su propio beneficio.
La creación del Ejército del Sur del Líbano (SLA), compuesto mayoritariamente por cristianos maronitas y financiado por Israel, profundizó las divisiones sectarias y convirtió a los pueblos cristianos del sur en objetivos de la resistencia libanesa. Durante la Operación “Uvas de la Ira” contra Hezbollah, en 1996, el bombardeo israelí de un complejo de la ONU en Qana —donde se refugiaban civiles libaneses— resultó en la muerte de 106 personas, un evento que conmocionó a la comunidad internacional y puso de manifiesto el desprecio por la vida civil bajo el mando de generales como Shimon Peres.
Cuando Israel decidió retirarse unilateralmente del Líbano en el año 2000, abandonó a sus aliados del SLA a su suerte, obligando a miles de familias cristianas a huir en un estado de desamparo total: Israel los usaba como peones prescindibles.
Soldados israelíes profanan la iglesia en Deirmimas, al sur del Líbano, burlándose de los rituales cristianos.
Las agresiones se agudizan
En 2022, después de años de luchas políticas internas, Netanyahu recuperó el poder con una nueva coalición que marcó una deriva todavía más a la extrema derecha de un país ya gobernado por la derecha radical. Figuras que provienen de los márgenes más extremistas y racistas del movimiento colono, como Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich, ocupan los ministerios de Seguridad y de Finanzas, con autoridad directa sobre la policía y la administración de los territorios ocupados. Bajo su mando, la violencia contra el cristianismo se ha convertido en una política de Estado al descubierto.
Uno de los fenómenos más visibles y degradantes de este periodo ha sido el aumento exponencial de los ataques físicos y verbales contra clérigos y peregrinos cristianos en la Ciudad Antigua de Jerusalén. Durante las celebraciones de la festividad de Sukkot en 2023, se filmó a grupos de jóvenes judíos ultraortodoxos, incluidos niños, escupiendo sistemáticamente a fieles cristianos que portaban una cruz.
La respuesta del gobierno no fue de condena absoluta, sino de justificación o minimización. Itamar Ben-Gvir, Ministro de Seguridad Nacional, declaró en una entrevista que “escupir a los cristianos no es un caso criminal” y que se trata de una “antigua costumbre judía” que debe abordarse mediante la educación y no mediante arrestos. Esta validación desde la cúpula del poder genera una sensación de impunidad absoluta para los agresores.
Un ejemplo paradigmático es el intento de apoderarse de una parte sustancial del Barrio Armenio de la Ciudad Antigua Jerusalén. En 2021, el Patriarcado Armenio firmó un contrato de arrendamiento secreto con una empresa llamada Xana Gardens Ltd., propiedad del inversor judío-australiano Danny Rothman (también conocido como Rubinstein). El acuerdo cedía el 25% del barrio armenio por 99 años para construir un hotel de lujo, un proyecto que amenazaba con desplazar a familias residentes y borrar la identidad histórica del sector.
Tras la presión de la comunidad y el descubrimiento de irregularidades masivas y presuntos sobornos, el Patriarcado canceló el contrato en noviembre de 2023. Sin embargo, la respuesta israelí no fue respetar el proceso legal. Desde finales de 2023, la policía israelí ha escoltado a excavadoras y hombres armados vinculados a la empresa constructora para demoler muros y estructuras en el sitio conocido como Goverou Bardez (jardín de las vacas), atacando físicamente a los armenios que mantenían una vigilia pacífica para proteger su tierra. El activista Hagop Djernazian denunció que la policía se ha convertido en el “brazo ejecutor de los colonos”, refiriéndose a los armenios locales como “esa cosa” mientras se niega a mostrar órdenes judiciales que respalden la violencia.
Nada, por supuesto, que pueda ser comparado con la ofensiva militar contra Gaza que, aunque se justifica como campaña contra Hamás, una organización suní, barre con toda la población, incluida la cristiana.
Sus templos y centros comunitarios han sido blanco de ataques directos:
Iglesia de San Porfirio: El 19 de octubre de 2023, un ataque aéreo israelí destruyó uno de los edificios del complejo eclesiástico —una de las iglesias más antiguas del mundo—, matando a 18 civiles cristianos que buscaban refugio, incluidos varios niños.
Parroquia de la Sagrada Familia: En diciembre de 2023, francotiradores israelíes posicionados en edificios circundantes asesinaron a Nahida Anton y a su hija Samar mientras caminaban hacia el convento de las hermanas dentro del recinto parroquial. El Vaticano condenó el ataque, subrayando que no había presencia de milicianos en el lugar.
Destrucción de infraestructura social: El Hospital Bautista Al-Ahli y el Centro Cultural Ortodoxo han sido golpeados repetidamente.
Están haciendo lo mismo en Líbano. En el contexto de la invasión y anexión del sur del país, las aldeas cristianas están siendo ocupadas como las demás. La foto del soldado destruyendo la estatua de Jesucristo, en el pueblo de Debel, se acompaña de imágenes de iglesias destruidas y de videos en los que soldados israelíes profanan los templos.
Iglesia destruida por fuerzas israelíes en Derdghaya, en el sur del Líbano, en octubre de 2024, causando la muerte de al menos 8 personas.
Por la boca mueren
En Israel, el dicho “el pez por la boca muere” tiene una potencia especial. Mientras sus propagandistas y diplomáticos se esfuerzan por convencer de que no están cometiendo un genocidio, sus líderes proveen las evidencias con declaraciones que demuestran una firme y sostenida intención genocida.
Lo mismo ocurre en el caso del cristianismo: Netanyahu puede decir misa pero los integrantes de su coalición suelen ser bastante irrefrenables y explícitos:
Rabbi Ovadia Yosef, fundador y líder espiritual del partido ultraortodoxo Shas: “Los gentiles nacieron solo para servirnos. Sin eso, no tienen lugar en el mundo; solo para servir al pueblo de Israel... Con los gentiles, será como cualquier persona: Necesitan morir, pero Dios les dará longevidad. ¿Por qué? Imagine que su burro muriera, perdería su dinero. Este es su sirviente... por eso obtiene una larga vida, para trabajar bien para este judío”.
Itamar Ben-Gvir, ministro de Seguridad Nacional: Defendiendo a los extremistas que escupen a monjas y peregrinos: “No creo que sea un caso criminal. Creo que debemos actuar mediante la instrucción y la educación. No todo justifica un arresto... dejen de calumniar a Israel, todos somos hermanos”.
Bentzi Gopstein, líder de Lehava (“Llama” - Impedir la asimilación en Tierra Santa), un grupo ligado al partido Likud de Netanyahu que se opone a las relaciones entre judíos y palestinos, y a los derechos LGBTQ+: “El trabajo misionero (de los cristianos) no debe recibir un punto de apoyo. Echemos a los vampiros de nuestra tierra antes de que beban nuestra sangre de nuevo”.
Moshe Gafni, diputado del partido ultraortodoxo Judaísmo Unido de la Torá: Sobre el proyecto de ley para castigar con prisión a quienes compartan el Evangelio: “Recientemente los intentos de grupos misioneros, principalmente cristianos, para solicitar la conversión han aumentado... esto causa daños psicológicos que justifican la ley”.
Museificación y aplastamiento
Para muchos occidentales que adoptan prejuicios racistas contra los musulmanes, especialmente los sionistas cristianos, es importante creer que Israel respeta y protege a sus correligionarios, como sostiene su propaganda.
No es así. Expuesta al supremacismo y el expansionismo territorial del sionismo, la comunidad cristiana de Tierra Santa se enfrenta a un desafío que puede ser existencial, tal vez el mayor desde las Cruzadas. La consolidación de Israel como Estado nacionalista etnoreligioso deja a los cristianos palestinos y libaneses atrapados entre una retórica estatal que los utiliza como herramientas de propaganda y una realidad en el terreno que busca su desposesión física y cultural.
La animosidad contra el cristianismo no es un subproducto accidental del conflicto; es una consecuencia lógica de la aplicación de marcos teológicos exclusivistas a la política estatal. Cuando ministros del gabinete califican el acoso religioso como una “costumbre antigua” y el Estado facilita activamente la confiscación de tierras de iglesias milenarias, la retórica de “refugio seguro” pierde toda credibilidad.
Para los cristianos de Jerusalén, Belén, Taybeh, Ramalá, Gaza y el sur del Líbano, la amenaza no proviene únicamente de la violencia física, sino de un proceso sistemático de “museificación”. El objetivo del ala más radical del actual gobierno parece ser un Israel donde los sitios sagrados cristianos permanezcan como museos vacíos para turistas y peregrinos internacionales, muestra de su tolerancia religiosa, mientras las comunidades indígenas que han custodiado esos lugares durante dos mil años —las “Piedras Vivas”— son obligadas a desaparecer mediante la asfixia económica, la violencia de los colonos y la denegación de derechos civiles básicos. La historia de Iqrit y Kafr Bir’im, lejos de ser un recuerdo del pasado, se ha convertido en el manual de operaciones para el futuro de los cristianos bajo el dominio del sionismo religioso en Israel.
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